jueves, 10 de marzo de 2011

Boulevard St Michel 14


Collage de Francisca Pageo
vida creada para Marta Gómez

Cada día es un pequeño viaje hacia el interior de algo que estoy por descubrir, tal vez por eso no dejo de sorprenderme. Mi vida transcurre dentro de un laberinto de casualidades: desde como llegué a París hace ya 12 años hasta como levanté este pequeño hotel desde el que siempre te pienso cerca a pesar de nuestras no-distancias. Cada vez que viajas, que subes a un tren o un avión, me pregunto en cuantos momentos de ese trayecto me dibujas lenta y sutilmente como si al hacerlo pudieras alcanzar un centímetro de mi piel y entonces todo volviera a encajar, como en nuestros mejores momentos, esos que dan sentido a todo lo que realmente importa.

Apenas faltan 5 minutos para el amanecer y ya echo de menos desayunar contigo. Me levanto y encuentro señales de una pequeña búsqueda. “Nuestro amor está escrito en la ciudad” me dice una nota dentro del azucarero. Sonrío y sé que algo está por suceder, algo inevitable y que comienza lento como una canción que no te cansas de tararear y de la que jamás te aprenderás el título. Me visto y me pongo la chaqueta que compramos en Nueva York y descubro otra nota “…por eso te invito a pasear conmigo, a revisitar los lugares comunes” y junto a la nota 2 tickets para cenar en “le bateaux mouche” esta noche. Eres impredecible todavía no se como vas a hacer para regresar de Lyon tan pronto y con ganas de barco….casi puedo escuchar los violines y la ciudad seguro que cambia al mirarla por debajo de los puentes, haciéndose tan distinta que parece estar vista por los ojos de otro.
Vuelvo a la realidad y cierro la puerta de casa. Dejo atrás el boulevard St. Michel no sin atrás comprar un caffé latte y un delicioso pain au chocolat, de los que no engordan y hacen tan buenos debajo de casa. Henri ha preguntado por ti y me ha dicho que tiene que enseñarte algo que por fin ha conseguido, no ha querido contar más. Temo que será otro viejo disco de vinilo así que me haré a la idea de que una tarde entera estarás ayudándole por enésima vez a hacer funcionar el viejo tocadiscos que comprasteis a medias por Internet. Espero que no te olvides de mí…

París está repleto de gente que parece huir hacia las obligaciones, pero también hay gente que cuida los detalles, que sonríe, que te acompaña para enseñarte como llegar a esa floristería de la que tanto te han hablado y que tiene un maravilloso ejemplar de orquídea vietnamita. Es curioso, pero esta ciudad encierra algo que no se parece  a los clichés que tanto buscan los turistas. Hay que vivirla dejar que te adopte y te muestre lo bueno y lo malo, es entonces cuando  al amarla tan intensamente un sentimiento te invade y sabes que no podrás dejarla atrás sin sentir que has perdido algo realmente importante.

De tanto pensar ya estoy delante de la cancela que da paso al jardín del hotel, es tan pronto que la verja todavía permanece cerrada. Giro la llave y entro despacio en el país de la calma, este jardín acolcha la ciudad y la esconde, desde allí, ambos lo sabemos, solo se escucha el leve rumor del viento entre las ramas. Ya queda poco para ver florecer los primeros brotes y aún así casi puedo oler la primavera bajo tierra. Me acerco al árbol que plantamos juntos y lo abrazo, es increíble la humanidad que encierra la corteza, por un momento noto que estás al otro lado y es entonces cuando al mirar hacia arriba veo otra nota “…Porque viajar de noche me permitirá recorrer despacio el camino para soñarte dentro”.


Y después de algo así las piezas encajan justo al ritmo de la hierba, cada palabra es una forma de asegurarme de que es  justo aquí donde debo estar, atenta a los detalles que guarda cada movimiento que hacemos, cada costumbre. Porque todo esto es lo bastante importante como para querer mantenerme a salvo. Ya son muchos años y aún así el amor me trepa hasta el comienzo, es inevitable, porque como tú bien sabes soy una mujer de enredaderas.

domingo, 6 de marzo de 2011

La vida secreta en la Rue dauphine




Fotografías de Jesús Gachez
vida creada para Ester Borrego


París... ¡oh la la la!
La capital de la France, la ciudad de la luz, de la Seine y de la scene
La ville de la Tour Eiffel, de Notre Dame, des Champs-Elysées, del Arco de Triunfo y la Basílica del Sacré Cœur..
La ciudad que sedujo a Balzac, Zola, Cortázar y Apollinaire...
A la que cantaron Edith Piaf, Gilbert Bécaud y Charles Aznavour...
París... ¡oh la la la!
Me llamo Ester y acabo de llegar a París.
Busco casa en Saint-Germain-des-Prés y encuentro fantasmas en cada esquina
En la Rue Dauphine, Pierre Curie, me sube a lomos de un caballo, el mismo caballo que lo arrolló en 1906. La misma calle.
Hoy es otro tiempo. Son los años 60 y París bulle en las calles, te acoge en sus brazos, te hace sentir en casa desde que llegas.
No quiero filosofar sobre la nada pero busco un lugar en las nubes para vivir. Un lugar desde el que pueda ver los tejados de la ciudad, desde el que pueda ver, incluso, el horizonte perdido en las brumosas mañanas del invierno.
Desde mi ventana, tengo la ciudad a mis pies.
Las paredes son frágiles, debajo de un cuadro hay un pequeño orificio en la pared. Miro curiosa a través de él y sorprendo a Albert Camus, Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir y François Mauriac conspirando por la libertad.
¡Liberté, egalité, fraternité!. Todos somos libres, iguales y hermanos en París.
El pequeño orificio se abre como una puerta y yo cruzo al otro lado. Como la Alicia de Carroll a través del espejo.
Mañana volaré como Ícaro y me posaré sobre el Odeón para colarme en el teatro del absurdo.
O cruzaré la Seine para llegar a L’Olimpia y escuchar a Georges Brassens y Jacques Brel.
Nada es imposible en París. 
Ya no quedan amantes en los bancos de los parques de París, y sin embargo alguien grita desde el Pont Neuf: -¡Ne me quitte pas! Y yo espero con los pies colgando sobre lo que aún será, de mi, en esta ciudad.

jueves, 3 de marzo de 2011

en una pequeña calle de la Isla de St Louis







fotografías de Sergio Aritmendiz
texto de Joanaina
Vida creada para Susana Miranda

Pelirrojo y con unos pantalones azules cortos, un niño me pasa rozando el vestido al aletear los brazos como si fuese un avión. Sorprendida, cuido que Flocon esté bien; me mira tanto con esos ojos de “no me hables que soy perro” que me hace sonreír.
Es media tarde pero la ciudad parece estar latente bajo los timbres de las bicicletas y unos cuantos coches. Bajo el puente de la Tournelle hay un grupo de amigos bailando swing y las faldas de las chicas parecen tornasoles reflectando las briznas de la tarde. En los maceteros del puerto de Montebello están plantando mimosas y la brisa del río conforma un perfume embriagador. He agarrado bien a Flocon para que no se lance al agua y se convierta en un copo de nieve maltesa derritiéndose y, al subir las escaleras, lo arrastro hasta el aparador de una tienda de pañuelos, sombreros y broches. La brillantez de algunas piedras arremete contra los cristales y decido entrar. La tienda huele a madera limpia. El vendedor, un joven de ojos verdes que lleva tirantes, consigue que me compre un sombrero verde que me casa con el abrigo. Al salir, la tarde va cayendo sobre los edificios señoriales, dentro de las ventanas ya entreabiertas y bajo mi constante pasear. Unas calles más tarde, en una pequeña plaza cercana al Barrio Judío donde un grupo de niñas juega a la rayuela, me paro a merendar y a descalzarme los tacones. La crêpe de chocolate me hace sentir como en casa, pues en el entresuelo del edificio donde está mi buhardilla hay una pâtisserie que hace bombones. Y así, viendo a la gente pasar a través del humo de mi cigarrillo y mis manos tenues, cierro los ojos. Pero si los abriera observaría como, unas mesas más allá, hay un hombre leyendo el periódico que me mira sin cesar. Será que la primavera ha llegado a mi noche.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Rue André Barsacq nº 14


Fotografía de Sonia Marpez
texto de Juan Bello
vida imaginaria creada para Rubén González

Viviríamos en una buhardilla. Número 14, Rue André Barsacq. Yo pintaría el amanecer desde la ventana de la cocina. Tú escribirías unos versos. Yo pintaría el anochecer desde la ventana de la cocina. Tú recitarías a Mallarmé. Fumaríamos opio, beberíamos absenta. Las noches serían agua rota.

Viviríamos en una buhardilla. Mis cuadros estarían por los pasillos. Tú escribirías poemas en las paredes. Invitaríamos a poetas, actores, fotógrafos, pintores. Cenaríamos en Chez Maurice. A ti te encantaba. Yo odiaba a todos esos bohemios. No me gustaban sus sombreros de copa.

Rue André Barsacq. Tú comprarías fruta en la tienda de abajo. Después de comer iríamos al café L’Arbre. Yo fotografiaría a la gente tomando té. Tú me preguntarías por qué me gusta tanto tomar fotos. Ansío la eternidad, te respondería. Tú me hablarías de morir jóvenes. De permanecer en un verso.

Fumaríamos opio, beberíamos absenta. Pasearíamos junto al Sena. Yo dibujaría a los bañistas en mi moleskine. Tú escribirías un verso: La fugacidad atrapada en las ondas del agua. Iríamos al cementerio de Père Lachaise. Visitaríamos la tumba de Oscar Wilde. Recitaríamos a Mallarmé, a Rimbaud, a Baudelaire.

Viviríamos en una buhardilla. Yo pintaría el amanecer desde la ventana de la cocina. Tú caminarías desnuda por la galería. Nos gustaba nuestra soledad a esas horas. El silencio de los tejados. Yo odiaba a todos esos bohemios. A ti te encantaban.

Rue André Barsacq. Bajaríamos a la tienda de antigüedades. Comprarías botellas extrañas. Después me dirías que eran de viejos piratas. Yo te fotografiaría sentada en un banco, junto a una bicicleta. Esperaríamos a que se encendieran las farolas. Fumaríamos opio, beberíamos absenta. Subiríamos a lo alto de la Torre Eiffel.

Mis cuadros estarían por los pasillos. Tú te quedarías mirando ese en el que sale una niña saltando en un charco. Invitaríamos a poetas, actores, fotógrafos, pintores. A ti te encantaban. Yo odiaba a todos esos bohemios. Me gustaba nuestra soledad.

Viviríamos en una buhardilla. Las noches serían agua rota. Fumaríamos opio, beberíamos absenta. Tú recitarías a Mallarmé. Yo te pintaría desnuda en la galería. Pasearíamos junto al Sena. Echaríamos unas monedas a los mimos. Tú me preguntarías por qué me gusta tanto tomar fotos. Ansío la eternidad, te respondería.

lunes, 28 de febrero de 2011

Rue de Sommerard







Fotografías de Gemma Socias
vida creada para Celia Hoyos


Me encanta vivir en esta ciudad, despertarme aquí, decir buenos días en voz alta, abrir la ventana y ver como alguien me saluda desde la calle mientras riego las plantas: una niña pequeña, una anciana, una mujer que se dispone a hacer la compra,... cada día es alguien nuevo y lo que verdaderamente importa es este ritual de la calle Sommerard, este dejarse sorprender y empezar el día con la mejor de mis sonrisas. Pero en esta ocasión ocurre algo más, no me doy cuenta al principio pero la persona  que saluda  desde abajo ha dejado escapar un globo rojo que llega justo hasta mí.  Atado al cordel del globo hay un sobre, dentro hay una llave y una nota que lleva escrita una dirección “rue des Carmes nº 6” y una hora las 12:12. Pienso que esa dirección está a pocos pasos de mi casa, es la curiosa tienda de magia que hace esquina al final de la calle. No tengo ni idea de por qué tendría que ir allí, siempre he ido hacia el otro lado ,en dirección al Boulevard Saint Germain. Pero no pasa nada por probar y llevarme un poco la contraria  , además tengo tiempo de sobra para desayunar y darme una larga ducha. Hoy es mi día libre y puedo disfrutar de este juego de pistas que parece comenzar en menos de una hora.

Estoy nerviosa pero me dejo llevar por la sensación de que algo está por suceder, algo bueno, tal vez inolvidable. Así que cierro la puerta y comienzo a caminar midiendo el tiempo para no anticiparme o llegar tarde. Una vez frente a la tienda veo las luces encendidas pero la puerta esta cerrada, así que saco la llave y pienso que es una sensación extraña la de estar allí parada intentando abrir la puerta de otro. Pero lo hago y una vez dentro tengo la sensación de que el tiempo parece haberse quedado sentado mirándome muy fijo. Soy incapaz de moverme. Me doy ánimos a mi misma y doy el primer paso, el suelo de madera cruje bajo mis pies. Es una tienda realmente curiosa, repleta de viejos pósters de magos, objetos increíbles, barajas de cartas, pañuelos y diminutos libros que parecen guardar más de un secreto. Y entre todas esas cosas veo en el suelo un camino de pequeñas canicas, tan antiguas que parecen haber escapado de la historia de alguien muy mayor. Voy recogiéndolas y siento que cada una de ellas es parte de un puzzle, que se va completando a cada paso. La tienda es más grande de lo que uno es capaz de imaginar y tiene un pasillo enorme, al final de él hay una pared y en la pared un espejo. Me acerco lo bastante como para casi rozar con la frente la superficie, pero al contrario que el resto de espejos este es cálido y desprende un olor que me hace sentir nostalgia. Al poco observo que yo no me reflejo en él, pero si un amplio campo verde salpicado de amapolas, un lugar en el que nunca he estado pero al que creo reconocer, como si aquello fuera parte de un sueño. En él parece haber una feria, puedo escuchar la música de las atracciones, la risa de la gente no demasiado lejos y todo es tan irreal que parece un cuento de esos que me leía de pequeña la abuela Claudette. En el suelo hay una nota que dice: Hoy es el día… atrévete… creo que voy a hacerlo, que voy a entrar y disfrutar de un día repleto de cosas que tengo claro que jamás olvidaré.

domingo, 20 de febrero de 2011

154 rue de Rivoli "París, aléjate de mí"



ilustración de Emmanuel Lafont
texto de Alles Lüge
vida creada para Luis Armasilla

En todas las películas se abre una ventana en París y aparece la torre Eiffel. En mi nuevo apartamento abro la ventana y ésta ni siquiera tiene la decencia de querer abrirse. Cuando lo hace, con la ayuda de un destornillador oxidado, solo veo el Museo del Louvre y, como mucho, las copas de los árboles del jardín de las Tullerías.
Todo es así de decepcionante en París.
Todo el mundo se me acerca desplegando un mapa, abriendo una guía, consultando notas escritas en, por supuesto, un bonito Moleskine y me fríen a preguntas en un francés que es casi tan malo como el mío. Je ne se pas, es todo lo que contesto. Mersi, me responden en catalán.
Resulto ser una bombilla de 220 W para todas esas hordas de turistas-polilla. Quizás sean mis jerseys de cuello alto, mis gafas serias de catedrático, mis cigarrillos mal liados. Deben pensar que soy, como mínimo, el enésimo nieto bastardo de Samuel Beckett.
Las baguettes no admiten ningún tipo de comparación con las que hacen en mi pueblo, un agujero hediondo perdido en la falsa topografía de Castilla La Mancha. A veces me pregunto qué clase de niveladora inventaron para crear tal paisaje. En París nunca adivinas dónde estás porque en París el horizonte no existe. El cielo cuelga, directamente, desde las antenas y los repetidores que coronan los edificios. Un cielo soleado y azul como el de este mañana. Por supuesto, también es mentira que en París llueva todo el rato.
Vine a París para ser otro artista bohemio muerto de hambre y aburrimiento a la orilla del Sena y me encuentro que vendo tres de mis cuadros en apenas dos días. Doscientos euros con los que ni siquiera sé qué hacer. Intento invertirlos en cafés que ingiero por docenas en las cafeterías más pijas de la ciudad, pero incluso me sobra dinero para dejar el tabaco de liar: ya compro directamente Galouise. Es normal, pues, que me encuentre tan excitado que pegue saltos de dos metros cada vez que una turista me roza el brazo. También es mentira que las francesas sean frígidas e interesadas: me he acostado con cuatro en apenas dos semanas. No solo eso, sino que incluso me invitan a Martinis y a fiestas en las conoceré a mis futuros mentores artísticos.
Es descorazonador.
El ayuntamiento no deja de mandarme cartas anunciándome prometedores subvenciones, e incluso firman las misivas con tinta real. Pronto dejaré de ser un pobre desconocido. Cortázar escribiría una buena historia con esto. Yo solo espero una nueva buena noticia que termine por derrumbarme. El éxito me desarma y me hunde.
Yo sólo quiero que nadie se me acerque.

miércoles, 16 de febrero de 2011

la fille sur le pont



Lo que comienza en un puente de París está hecho para unir, para enredarnos dentro y  hacernos comprender que siempre hay alguien que nos mira y nos ve tal como somos. Las imágenes de esta película de Patrice Leconte me hacen creer en el amor en blanco y negro, ese en el que las heridas nos demuestran vivos, latiendo debajo de nuestra piel de invierno. Amar es no tener miedo, es romper a llorar, es correr ,pero también es encontrar a alguien que nos complete y eso ocurre pocas veces, pero cuando ocurre es algo que jamás se olvida.

Un consejo: escuchad la canción de Marianne Faithfull con los ojos cerrados, uno vuelve distinto después de una voz así...