viernes, 29 de abril de 2011

Impassé de la gaité


Impasse de la gaité from Federico Calabuig Ramírez on Vimeo.

vida creada para Edgar Quinet

** El video debe escucharse con el volumen al máximo, sino no podrá apreciarse bien el sonido **

miércoles, 27 de abril de 2011

Rue Gabrielle cerca de Sacre Coeur



ilustración a cargo de Marta Diez
texto a cargo de Cristian Alcaraz
vida creada para Rosario

Por la cristalera de mi estudio observo la vida de los abandonados, que, al igual que yo, se dedican a contarse los dedos de las manos cuando sudan. Supongo que creen que se pueden derretir los huesos cuando estás nervioso, delante de alguien que te mira y no sonríe, que planea algo y no sabes qué.

Me dedico a coser y descoser ideas y vestidos en la calle gabrielle, cerca del Sacre Coeur y de la lluvia. A mi estudio vienen artistas y señoras de la alta sociedad francesa, tan delicada. Y cada día un pinchazo, un color desnudo en sus espaldas, las malas formas.

Aline Charigot, una de mis clientas más concienzudas, resulta ser la esposa de un tal Renoir, un hombre borroso. Encargaba trajes largos, rojos y claros a veces, sombreros con plumas, lazos grandes y zapatos con poco tacón. Sobria siempre, también negada por las opiniones personales.

Mientras Aline entró al aseo, Renoir empezó a mirarme apuntando mi estatura con un carboncillo en un papel muy rugoso. Me sentí observada y sin piernas. Le miré de reojo, ofreció pintarme a la mañana siguiente. Me negué. A las 17:46 se marcharon del estudio. le dije a Renoir en voz baja que estaría esperándole a las 11:30 del día siguiente.

Apareció a las 11:27 con un cuaderno bajo el brazo. Renoir, Renoir, que no hablaba, que miraba delineando un cuerpo, mi cuerpo. Renoir que por la mañana pinta desnudos y después desayuna algo caliente. Renoir, que dijo en un susurro: adelante, tus ojos son míos durante estas horas, no mires hacia el mar, desnúdate y calla.

Yo, confiada, experta en vulnerabilidad, me desnudé los hombros, después las piernas, después todo se hizo calor y dudas. pensé en el mar de París y en la utopía de un corazón amarillo que cae de la encimera. Como se se tratara de una canción olvidada hice memoria de las veces que he llorado delante de un hombre, me conté los dedos de las manos y me dejé respirar por el pintor que no tenía garganta.

Mis dedos parecían agua, mi piel escamas. Me senté sobre un paisaje.

viernes, 22 de abril de 2011

Rue de Ménilmontant

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Copia de img262

Collages a cargo de okña
texto a cargo de Anna Liebheart
vida creada para Cristian Alcaraz

Despertarse en la cama y sentir que por fin duermo como un niño, que no hay pesadillas ni peligros y que todo está por descubrir. Aventurarme en la cocina y mezclar colores para mi próximo lienzo , sorprenderme al descubrir una nota en el cuenco de los pinceles. La leo despacio y descubro cosquillas en sitios donde creía haber dejado de temblar. Todo cambia cuando vives en la ciudad que amas y es ahora cuando más seguro estoy de haber acertado. Enciendo el viejo tocadiscos que compré hace años y pongo discos nuevos que Hans me envió desde Oslo. La música me recuerda al lago de sus postales y a una polaroid que nos debemos. Le echo de menos y eso me dan unas ganas tremendas de de pintar. En mi paleta una gama cromática de azules, la habitación parece girar al ritmo de los abrazos no dados y eso duele. Por fin puedo tomar las decisiones por mí mismo: quiero crear, rodear mi nada de un hogar que parta del pantone 229-C. Vivo aquí, detenido en el futuro que veo, que me alcanza y me rodea. Salto una y otra vez y el suelo, los armarios y los platos parecen bailar conmigo. Un hombre desnudo me surge y me mira y no puedo evitar hacerle el amor desde dentro porque ese hombre son todos mis deseos, el antes y el ahora. Abro muchos los ojos y me dejo caer al suelo, siento hambre. Nada en la nevera, ya son casi las 3 de la tarde, salgo a comer algo, tal vez Lúcrece haya preparado su delicioso flambeado de setas o tal vez tome un bocadillo con Pietro viendo pasar los barcos que nunca cogeremos. Abro la puerta y de repente descubro algo en el interruptor de la luz, un post-it con el final de un poema que leí hace años, me sorprendo bajando las escaleras, las paredes repletas de fragmentos de colores. La poesía ha vuelto... un hombre me sonríe y me enseña el último párrafo de uno de mis poemas no escritos, sólo él puede saberlo.



Dorian...
...allí donde la nada nos habita
me crecen niños con tus ojos....

lunes, 18 de abril de 2011

Rue Henri Monnier







fotografías a cargo de Sofía Haltrup
texto a cargo de Silvia Guerrero Rosa

vida creada para Laura Cuerva Sinde

De pequeña jugaba a pegarme los dedos con una mezcla minuciosa de la leche que mi madre calentaba en un hornillo defectuoso y el azúcar que, casi como con vida independiente, se escapaba tropezando con una cucharilla invisible justo al filo de la taza. Pocas cosas se mantienen tan inamovibles en el recuerdo como la cotidianeidad de la infancia, ahora alcanzo a comprenderlo. Vuelvo a la casa donde huele a leche a las diez cuando ya es de noche y el azúcar sigue, con sus vaivenes de exilio, al borde de la misma cuchara. “Lo sabes, Laura –me digo-, también los fantasmas te persiguen por todos los entresijos de tu experiencia”. Y es cuando entiendo que este insomnio no dista tanto de aquel alféizar de la rue Henri Monnier donde yo también conciliaba la noche de París en un tazón lechoso y dulce, que estaba lejos de recordarme, allá por entonces, a esta casa donde fui niña. Desde aquel Hotel París tracé conquistas con un dedo señalando en la ventana: aquel ático, nº 23, donde yo plantaría los brotes de las plantas que mi madre cuidaba con el mismo instinto profesado en mi persona, donde leería el mismo verso corto de aquella antología poética para disfrutar en el transporte urbano, mientras una rodaja de limón flotara a la deriva en uno de esos tés que huelen mejor de lo que saben. Sabía que viviría en aquella casa. Y un año después aquel ático fue mío. Es curioso como “saber” y “sabor” comparten algo más que la misma raíz en su etimología: un té, por ejemplo.
Desde el otro lado de la calle pinto la habitación desde la que dibujé este ático. En el Mercado de Saint Ouen una mujer, cada domingo, mientras le sirvo su café, me encarga un cuadro de un paisaje cotidiano. No es difícil pintar el dintel de la puerta del segundo piso (habitación 314, lo recuerdo), pero en esa arruga del labio de la anciana que se asoma, reside la felicidad de saberse humano, estoy segura. Como aquel día de las fotos en el parque de hojas secas: aquel niño saltando charcos era la persona más sabia del mundo. Pero también la mayor premisa de un fotógrafo es no llevar su cámara en el momento preciso y así sucedió el día en que los ojos de Daniel se cruzaron en el metro. Creo en un cúmulo de causalidades, por eso Daniel fue la “casualidad” que aquella tarde tranquila, sin mucha clientela en el bar, irrumpió en esa nube de concatenaciones del destino. A Daniel le gusta encontrar su reflejo en el agua a medida que se asoma por los puentes que burlan al Sena. Disfruta fotografiándome justo en el momento en que hago una foto. Las fotografías. Mamá dice que ella prefiere recordar los momentos tal y como los ve su mente a través de los años, pero yo le digo que algunos detalles se nos escapan. Todo en la vida huye de manera más o menos precipitada, pero el hecho de que aquella tarde Pierre se detuviera a ver las fotos de la colección “Rostros de a pie”, que yo por entonces colocaba junto a mis cuadros, es un signo indiscutible de que las excepciones más insignificantes confirman las reglas más poderosas. Cada vez más galerías de la ciudad quieren albergar esas caras parisinas que hablan sólo con sus muecas y esta ciudad cobra vida por sí sola. Lo sé y no me arrepiento: cada vez París es más maravillosa.

jueves, 14 de abril de 2011

Place du Tertre

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ilustración a cargo de Cristina Sitja
texto a cargo de Anna Liebheart
vida creada para Sonia Puga García

Hay días en los que ser feliz se resume en haber alcanzado un lugar donde ser uno mismo. Y yo por fin puedo decir en voz alta que algo hermoso me está sucediendo en París. Muchos  han pecado de turistas y antes de llegar aquí, cuando están lejos y creen saberlo todo,  delimitan la imagen de la ciudad y la empequeñecen. Es una pena, esta ciudad se merece otra oportunidad y yo voy a dársela porque no he venido aquí, a este pequeño estudio en plena Place du Tertre a someterme a ningún cliché. Es cierto que vivo en un  lugar privilegiado, pero elegí este piso por la luz y el suelo de madera. Me encanta la calidez que ofrece el poder andar descalza mientras mezclo y trazo, los colores son parte de mi piel, me trepan y me alcanzan. Soy una mujer que se detiene por horas en un color, experimentando la libertad de quién no tiene miedo de mancharse los dedos una y otra vez. Pronto haré mi primera exposición y creo que voy a quedarme muy quieta mirándolo todo, intentando averiguar si alguien es capaz de meterse dentro de la historia que cuentan los pigmentos. Maél pondrá la música y estoy segura de que será algo improvisado y bello. Él toca música manouche y compone sus canciones dejándose llevar por lo que ve, el ritmo de las piernas de un niño jugando al balón, la delicadeza de una mujer acomodando las flores en su pequeño puesto, el tímido acercarse de los enamorados mientras toman un café. Nada se le escapa. Y esta vez él estará allí tocando en la inauguración. Nos conocimos hace algunos meses, su música parecía seguirme a todas partes cuando iba en bicicleta por París, hasta que acabé encontrándole tocando su guitarra justo en mi portal. No podré olvidarlo, me quedé sentada a su lado por horas, se nos hizo de noche escuchando los gestos y anécdotas de todo aquel que pasaba por allí. Nuestra historia está repleta de silencios, Maél es mudo desde pequeño, por eso toca, para hablar a través de la música…nuestros diálogos ahora están repletos de manchas de pintura y  claro está,  de jazz.

martes, 12 de abril de 2011

Rue l'eperon


collage a cargo de Betty Bundy
texto a cargo de ele


Cuando nos mudamos a París, pensaba que sería horrible. Siempre hace tanto frío...Mamá nos dijo, que íbamos a vivir en la misma calle dónde vivió uno de los personajes más característicos que se han escrito, La Maga. Allí dijo que nacería mi vena escritora  y que mi imaginación florecería. Que el frío de la ciudad dilataría mis pupilas y se colaría por mi corazón haciéndolo bombear con más fuerza y que seguro, que debería comprarme más libretas blancas para dejar mi huella en ellas.

Mamá creía demasiado en mi. Es verdad, que me gustaba soñar. De echo, nunca imaginé que me gustara tanto hasta que nos mudamos; Rue de l’Eperon, allí dónde hay calles llenas de sonrisas y tiendecillas pequeñas que parecen de cuento. No necesitaba ni acordarme de Cortázar para escribir. Las letras venían a mi, con mucha facilidad.

Me levantaba pronto para ir a clases y luego me perdía en callejones, con la libreta y el boli siempre en el bolso. A veces, me encontraba a perros perdidos que me enseñaban el lugar; otras, decidía hacer turismo y perderme entre las obras y los pasillos del Louvre, pasear por los puentes de París siempre resultaba gratificante, también.

En uno de esos paseos, me empecé a enamorar. A imaginarle sin cesar. Le veía en todos los rostros anónimos de los parisinos. Le veía cerca y lejos a la vez. Le pedía que me sacara fotos y luego, en la atmósfera de mi cuarto yo las recreaba. Mi habitación, empezaba a parecer un museo. Así, que en uno de los locales vacíos del barrio decidí exponer mi obra. Un 10 de febrero. A las ocho de la tarde. 1 grado en la capital.

Y entre todos esos rostros pintados, le vi.

sábado, 9 de abril de 2011

Rue Soufflot nº 3


ilustración a cargo de Fabián Suárez
texto a cargo de alles lüge
vida creada para José Carrillo Huete


La ciudad lo acogió, pero nadie podría decir cómo, ni cuando ni cuánto. Decían que aquella ciudad se llamaba París, pero nadie pudo atestiguarlo. José llegó, vio, y se sintió vencido de inmediato. Vestía un traje ajado y llevaba, como todo equipaje, un amor sin costuras prendado a su chaqueta. Y entonces… ¿aquella funda negra?

Cargado con su guitarra, José visitó todos los garitos del barrio, buscando un lugar en el que poder estrellarse, entero, sin piezas. En un sótano de la Rue de Soufflot nº 3 le dieron su primera oportunidad. El público, una caterva de gitanos y negros que se desmadejaban en la red de humo, solo atendía a los cantos de sus risas y de sus vasos. El dueño hizo un llamamiento a modo de aviso, pero nadie atendió a la plegaria. Un barco zarpaba desde el escenario, y José saltó en el último momento. Colocó su guitarra española entre sus piernas, como un bebé a punto de ser mecido. Rasgueó las cuerdas, y todas sonaron desafinadas. Afuera, la niebla. Dentro, la niebla. Entre sus dedos, la claridad. Fue empujándola poco a poco, hasta que la luz se hizo entre los trastes. Brotaron olivos y enredaderas, un sol sin miedo se hizo en los corazones de todos los presentes, regando campos sinuosos, arroyuelos que recorren olvidos como piedras. Cuando terminó la bulería alguien gritó, entre risas, “¡olé”. José se puso de pie y gritó, a modo de respuesta: “¡viva la república!”. Todos callaron, el camarero incluso hizo un alto, entre mesas, para mirarlo. Siguió tocando y la confusión se fue desvaneciendo. El agujero de su guitarra devoraba toda la niebla, y la transformaba en notas que corrían por las paredes, despavoridas. Alguien gritó como si aquello fuera un concierto de bebop. Alguien invitó a todos a una ronda. Alguien saltó encima de una mesa y se puso a bailar. Uno de los gitanos se encaramó al escenario con su guitarra y, tras seguir un buen rato el pulso de las venas de José, se unió a su ritmo enloquecedor. Ambos negros, ambos gitanos, descarrilaron por completo el tren de la música. Entre el público los “olés” habían sido sustituidos por los “vive la republique”. Alguien hizo un niño en los lavabos. Alguien se secó el sudor de la frente con un viejo fracaso. Una mujer pataleó y gruñó por hacer notar sus caderas. Ya nadie atendía más que a aquellos dos locos que castigaban sus guitarras hasta expulsar la última gota de sangre de sus maderas.

Cuando terminaron, alguien alcanzó una botella de vino a José, entre el fragor de los aplausos borrachos. Apuró un largo trago directamente del gollete y la pasó a su compañero de corcheas. Tras dar buena cuenta de ella, aquel gitanito sonriente le tendió la mano. “Django Reinhart, mi hermano, cómo llamar usted?”. “Je m’ appelle Miseria”, respondió José con certeza.