domingo, 12 de junio de 2011

rue lepic 15

P from paris - maria elina(1)

ilustración a cargo de Maria Elina
vida creada para Tuki Barranco

Pedalear bajo la lluvia de París es romántico y resbaladizo. Yo y mi bicicleta somos un solo ente, veloz y sin complejos, rompiendo el viento cuesta abajo por las calles de Montmartre. Ella tiene casi setenta años y varias reparaciones, yo bastantes menos y estoy sana como un roble. Huele a pan recién hecho y en la cesta unos cruasanes aún calientes brincan al ritmo que marcan los adoquines de la calzada. Mientras pedaleo resuena en mi cabeza la banda sonora de Amélie. Creo que hay pocas melodías que me emocionen más que ese pequeño vals de piano y acordeón. La lluvia geolpea con fuerza la capucha de mi trench rouge. Me gusta el rojo. Mi vida en parís es roja y verde, como en la película… debe ser un efecto secundario de vivir encima del Café des Deux Moulins y bajar a merendar cada dia crème brûlée. Aparco la bicicleta y paseo entre puestos de fruta y pescado. Las ostras se retuercen en un llanto ahogado bajo un toldo amarillo y las langostas mueven sus pinzas como si estuvieran tocando las castañuelas. Hundo mis dedos en un saco de lentejas y me acuerdo de mi abuela que me decía aquello de ‘si quieres las comes y si no las dejas’. Mientras paseo observo todos los rincones, cada callejón. No pierdo la esperanza de encontrar a mi Nino Quincampoix al girar alguna esquina.  Veo un fotomatón, y pienso que es una señal. La casualidad de mi vida está por llegar. Lo sé… lo siento.

jueves, 9 de junio de 2011

10 rue daguerre

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ilustración y texto a cargo de Estibaliz Hernández
vida creada para Eva Carot

Supo que iba a llover mucho antes de oír las gotas golpear el cristal de la claraboya. La luz, fue la luz. Se tornó esquiva y grisácea, anunciando el chaparrón. Minutos después llegó el repiqueteo. Dejó la costura apoyada en la mecedora que una semana antes había rescatado de la basura de la esquina y restaurado pacientemente. Cogió la taza de té vacía de la mesita que cojeaba imperceptiblemente y se dirigió a la cocina. Volvió a servirse otra taza y su mano tomó un trozo de pan. Sólo entonces pareció tomar conciencia del lugar y del tiempo, y sonrió. Sonrió porque más allá de los goterones que se deslizaban por los ventanales, la vista era fabulosa. París, era su París.

No recordaba exactamente cuál había sido su trayecto hasta allí. Si le preguntaban, a ella le gustaba decir que despertó una mañana en París. Quizá fue así, quizá llegó en sueños. Se creía tan afortunada que disfrutaba ansiosamente de cada recoveco, cada doblez, cada esquina, cada ruido, cada silencio, cada bocanada de su vida en París. Abriendo bien sus ojos castaños se dijo que tenía el mejor observatorio del mundo.
Todo lo que hacía, lo hacía mirando hacia los ventanales. Había dispuesto sofás, sillones y grandes cojines encarando el paisaje de tejados, azoteas, cúpulas y nubes. Sus telas, sus lanas, sus hilos, su caja de herramientas, sus papeles, cuadernos y pinceles se amontonaban alrededor caóticamente. De un vistazo podría parecer que su cama entorpecía la estancia, colocada bajo la claraboya y con un viejo piano como cabecero. Sin embargo, a sus ojos todo flotaba, como las notas de las canciones que algunas veces un amigo arrancaba de aquellas teclas. Eran las noches estrelladas cuando ella se creía más dichosa.

Sus paseos, casi siempre en bici, abrían nuevas puertas a su gran imaginación. No podía dejar de dibujar cuentos con final feliz en su cabeza; lo mismo eran princesas que viejos muebles rescatados, ella siempre descifraba la historia errante. Hablaba con cada perro y cada gato, cada anciana y cada panadero; fotografiaba cada portal majestuoso y cada calle desangelada. Al caer la tarde volvía a casa con sus grandes descubrimientos.

Aquel último piso de aquel edificio color arena, sólido y de cuidados balcones forjados. A la mayoría de la gente que iba conociendo parecía disgustarle subir aquellos cuatro pisos, así que sólo un puñado de personas conocía su santuario. El último tramo de escaleras era realmente un reto: oscuro, estrecho y empinado. Tanto, que había días que a la vuelta del mercado o de sus paseos aventureros, con dos bolsas en cada mano, ella misma tenía la sensación de perder el equilibrio e ir a caerse de espaldas sobre los desgastados escalones de madera. Luego, sacaba la única llave y abría la puerta pintada de verde y veía el papel floreado en las paredes, su cama a la deriva y, al fondo, el paisaje tras los ventanales. Suspiraba y decía “la luz, es la luz de París, y yo la tengo aquí”.

lunes, 6 de junio de 2011

Rue Veron 18

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ilustración a cargo de Blanca Bk
texto a cargo de Luisa Bernal
vida creada para Maria Plata

-Pensamientos en un vagón del tren- 

Siempre soñaba con viajar pero ahora cuando viajo, sueño con volver a mi pequeña librería en la rue Véron 18, reencontrarme con mis gatos, deshacer la maleta llena de atrezzo de teatro y volver a vestir un jersey de cuello alto y mi falda verde oliva... Sobre todo, sueño con volver a recibir la visita de Gyula y que me cuente qué anda escribiendo ahora o en qué desperfecto de un muro ha encontrado una cara que fotografiar o que me enseñe el último boceto de su libreta... Siempre está metido en algo nuevo y siempre recibe mis preguntas con una sonrisa y consuela mi inquieta curiosidad.
Me planteo si tendríamos la misma relación sino hubiéramos reconocido en nuestros acentos que los dos veníamos de Hungría y que podíamos hablar en nuestra lengua materna...
Gyula siempre me habla de sus proyectos pero nunca me ha contado que se publican y exponen en galerías y que Henry Miller y Picasso están entre sus amigos. Yo tampoco le he contado que las semanas que la librería está cerrada salgo de gira con mi pequeña compañía de títeres. Sin embargo, a veces sueño que una noche está sentado entre el público y me reconoce y al terminar me acerco y con una sonrisa cómplice le saludo como el resto de la gente en París y le muestro que también yo conozco su otra vida: “Buenas noches, Brassaï”.

sábado, 4 de junio de 2011

Boulevard des Capucines

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Tras el largo camino recorrido por Les Grands Boulevards entro a esa diminuta, poco reconocida y antigua librería y disfruto del olor de millones de hojas color café que descansan en el mismo sitio en el que alguien un día las olvidó. Me siento en una pila de libros, no me importan los kilos de polvo acumulados, y reconozco que no hay nada más satisfactorio que observar un periódico de más de cien años de antigüedad. Empiezo a leer y releer los titulares de la época cuando en ese mismo momento me doy cuenta de que he tomado la decisión correcta, me siento parte de todo.

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Me alejo del lugar sabiendo que volveré pronto y al girar la esquina me llega un olor, el olor con el que siempre había soñado, mezcla de croissant recién hecho y café matutino. Sin pensarlo dos veces me adentro en el típico bar parisino. Degusto el sabor amargo pero por otra parte dulce, muy dulce, mientras me da por observar los pequeños fragmentos de vida de los desconocidos que se encuentran a mi alrededor.


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Mis ojos derrapan al ver a una chica de rostro refinado. Parece pensativa, expectante. De pronto, dejándome una sensación entre miedo y asombro, su comisura de los labios se ensancha al mismo tiempo que su mirada se queda fija en algún punto situado a mi espalda. Descubro el porqué de su reacción cuando veo a un chico que se acerca a ella con una flor. Siento dulzura, y para qué engañarme, también un poco de envidia... Lo que daría por sentir lo que ella siente en ese momento y lo que sería congelarlo y enmarcarlo para que existiese siempre. Recuerdo que por eso es por lo que siempre llevo una cámara en mano, mientras pienso en todas las milésimas de segundo que merecen la pena y en cuántas no paramos en fijarnos...

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Salgo sonriendo a la pareja y paseando hasta la ribera del Sena llego a la esquina del Pont Neuf donde me encuentro con un poste que marca un montón de direcciones diferentes. Oigo motores de coche. Oigo palabras en un idioma al que aún no me he acostumbrado (y al que gustosamente me acostumbraré). Oigo risas. Oigo piar. Y pienso que, al fin, he encontrado mi sitio.

ilustraciones a cargo de Ainara Ferrer
texto a cargo de Vera Ferrer
vida creada para Silvia de la Fuente Muñoz

jueves, 2 de junio de 2011

30 rue bourg tibourg

paris bourg tibourg 20 cm
ilustración a cargo de Javier Termenón
texto a cargo de croissant femme
vida creada para Maider Belloso

Como cada mañana, en el número 30 de la calle Bourg Tibourg de París, Maider Belloso se levanta muy temprano para desayunar una enorme taza de Rooibos y un delicioso cruasán de mantequilla de la tiendita de abajo. Le encanta hacerlo frente a la ventana, dejando volar su imaginación y viendo pasar gente, momentos y recuerdos. Es en ese mismo instante del día cuando comienza a plantearse como a sus 70 años de edad ha llegado a estar frente a esa ventana, lejos de su familia, lejos de todo lo que antes la ataba.
Siempre se ha considerado una mujer fuerte, alegre y con ganas de vivir lo que siempre había soñado. Tras la muerte inesperada y repentina de su marido, decide dejar a un lado su atareada vida familiar y trasladarse a París, ciudad por la que desde muy joven había tenido cierta debilidad.
Por fin dedicaba tiempo a lo que de verdad le gustaba, dejaba de estar ligada a una rutina que nada le satisfacía para pasar a disfrutar de los pequeños placeres del día a día lejos de su pasado.
Miró el reloj de la cocina, eran las diez menos cuarto cuando terminó de desayunar. Bob la estaría esperando como siempre en aquel pequeño jardín que estaba al final de aquella misma calle. Dejó su taza dentro del fregador, cogió el platito donde había colocado su delicioso cruasán y humedeciendo sus dedos rebaño del plato las pequeñas migas de hojaldre que habían caído en él al comérselo.
Se colocó su abrigo verde hoja y saliendo por la puerta comenzó a sonreír sabiendo con certeza que aquella iba a ser una muy buena mañana.
Le encantaba quedar con Bob, pues fue toda una sorpresa para ella encontrárselo tantos años después en aquella maravillosa ciudad. ¿Casualidad o destino? Solía preguntarse cada vez que le veía.
Bob era un antiguo compañero de universidad de Maider y ahora andaba jubilado y con la cabeza puesta en otras cosas. Fue todo un imprevisto encontrárselo aquel miércoles por la tarde en la clase de yoga a la que solía asistir regularmente. Desde entonces volvieron a entrelazar sus vidas en aquella aventura parisina.
Solían salir a pasear por aquellas calles adoquinadas contándose sus vidas y riendo sin parar como dos adolescentes. A veces incluso se sentaban en algún bonito jardín para descansar y observar a las miles de parejas que viajaban a París en busca de romanticismo.
La nueva vida de Maider en París le hacía sentirse especial, estar en un lugar lejos de lo que ella normalmente conocía, enriquecía su cabeza y también su corazón, fortaleciendo cada día más sus ganas de vivir y disfrutar de la vida con afán y esperanza.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Avenue de l’opera


collage a cargo de Sara Morante
texto a cargo de Ana Robles
vida creada para Ángeles Martínez Corral

EL CONFIDENTE
Soy informático, tengo cuarenta y dos años y una hija de quince. Hace diez que no estamos juntos. Los dos vivimos en la ciudad de la luz, a casi dos mil kilómetros de distancia. Yo, frente al mar, al sur del sur y ella, frente a una torre puntiaguda que no paran de fotografiar. Desde su buhardilla, también se ve una ópera. Cuando nos separamos, su madre prometió alejarla para siempre. No le hice caso. He conseguido infiltrarme en su red de contactos. Ahora me llamo Paul y he vuelto a la adolescencia. Soy su mejor confidente. Como mi avatar lleva gafas y lee a Proust, no le pone nada, pero nos reímos mucho. No hay reto que se nos resista. Por su cumpleaños, regalamos miles de bicicletas y adoptamos trescientos perros. Ayer, pintamos la torre de rojo y repartimos crepes de chocolate. Hoy, navegaremos en piragua. Dibujaré delfines en el Sena y una isla a lo lejos. Quizás haya piratas.

lunes, 23 de mayo de 2011

boulevard de Clichy 69

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texto y fotografías a cargo de Irene Moray
vida creada para Gemma Doe

Me despierta uno de mis gatos, lamiéndome un pie que sobresale del edredón con su lengua rasposa. Me incorporo y miro a través de la ventana. Parece que ha salido el sol, pero aún queda nieve en el Boulevard de Clichy.
Me abrigo y salgo a la calle, cargada con muchas capas de ropa y –cómo no- mi cámara. Es increíble como en tan sólo un mes he podido acostumbrarme ya a la vida aquí. Al bullicio de esta ciudad, a toda esta gente desconocida, a tanto espacio abierto. Me gusta que se vea tanto el cielo.
Paseo cada mañana por Montmartre antes de ir a clase. Hoy, mientras camino me invade una extraña sensación. El tiempo aquí me parecen siglos, días. Se respira una añoranza rara, aunque no sé demasiado bien qué es lo que echo en falta. Quizá es que se hace demasiado tangible el hecho de ser una sola en medio de una ciudad que parece estar hecha para las parejas.
Me detengo ante un parque bañado por el sol y la nieve; saco una foto. Es curioso: he desarrollado una forma peculiar de retratar París. Al estar sola he aprendido de alguna forma a autorretratarme a través de sus calles y los transeúntes que encuentro en ellas. Sin buscarlo, parece que en mis fotografías queda reflejada esta sensación de soledad. Una soledad que no es triste, que me hace fuerte.
Miro el reloj: es hora de ir a clase. Cierro un momento los ojos, disfruto de la temperatura. Siempre me ha gustado notar calor en el cuerpo y el rostro y los dedos fríos, me hace sentir viva. Abro los ojos y sonrío. Una melodía de acordeón se mezcla con las palabras de la gente, a lo lejos. De repente echo a correr, riendo, pisando fuerte, hundiendo mis pies en la nieve. Estoy sola pero soy indestructible, tengo mi cámara, tengo un mundo de posibilidades, tengo París.