domingo, 24 de julio de 2011

Rue buffon 7


Rue Buffon veronica algaba 1




Rue Buffon veronica algaba 2


Rue Buffon veronica algaba 3


ilustraciones a cargo de Verónica Algaba
texto a cargo de Anna Liebheart
vida creada para Marta Nh

Me levanto sabiendo que hoy s­­­e aprueba en el parlamento francés la reforma en contra de los lunes, años enteros sufriendo de camino al trabajo, temiendo el atasco, la lluvia y la puerta de entrada a un lugar con el que me costaba identificarme . Es curioso pensar que dentro de un tiempo habré inaugurado un nuevo vértigo, que nada tendrá que ver con el pánico que me producía el comienzo de semana. Y es que a partir de hoy, 24 de Julio de 2011 después del domingo vendrá un día en blanco que cualquier ciudadano podrá nombrar y gestionar según sus deseos. Pienso que al fin ha servido de algo manifestarse, luchar hasta conseguir una conquista que beneficie a todos, el agotamiento nos ha devuelto la fuerza, así que lo tengo decidido: en  este tiempo que por fin es mío voy a dedicarme a recuperar algo que nunca imaginé perder y es que por extraño que parezca, desde hace más de tres meses no tengo sombra. Todo  sucedió en el metro en un transbordo en Haussmann St Lazare, caminaba sumergida en mis pensamientos, recordando alguna frase del libro que acaba de leer, o pensando en la deliciosa cena que compartiría con Etienne aquella noche, despistada como iba sentí tropezar pero no caer. Recuerdo a un hombre ciego con la mano en alto, sujetando algo, impidiendo mi caída sin tocarme, sin verme en realidad. El tiempo pareció detenerse entre nosotros, incluso volverse más ligero, le vi respirar hondo y abrir la boca como quién bosteza con hambre de meses, me fijé en sus labios y en sus filas blanquísimas de dientes y fue entonces cuando lo vi masticar despacio, paladeando el sabor de algo nuevo que pareció causarle un inmenso placer. La gente a partir de ese momento comenzó a bailar, como si la música surgiera de mi piel y nadie pudiera resistirse a esa danza irracional y antigua, me incorporé y me deshice como pude de una mujer de 80 años haciendo demi-pliés que  me seguía de cerca, y al hacerlo busqué al ciego que  había comenzado a alejarse deprisa, mezclándose astutamente entre la gente. Desde ese día intento caminar bajando el sonido a mis pasos, evito la hora punta y los lugares concurridos, porque aunque los primeros días era inmensamente feliz una acaba cansada de tanto fox-trot y pasos de swing en el supermercado, en el cine, incluso mi amado Etienne empieza presentar síntomas si estamos a menos de cinco metros de distancia. No nos ha quedado más remedio que comenzar una relación a distancia, nos mandamos postales a la espera de que cualquier día logré dar con el maldito ciego que se merendó mi sombra. Mientras tanto la prensa internacional se hace eco del extraño fenómeno que se produce de forma intermitente en el distrito 5, los titulares anuncian sin parar: París es una fiesta!!! y entre dientes me digo: y yo su maldito altavoz…

viernes, 15 de julio de 2011

11 rue de Saint-Paul


nader

ilustración a cargo de Nader Sharaf
Texto a cargo de alles luge
vida creada para Thérese de Blainville
 
Ha llegado el verano pero el sol se retrasa: ha debido quedarse atascado entre árboles o quizás su madre no le deje salir de casa. No me importa porque tengo los suficientes pasos como para guarecerme de la quietud y el abatimiento sin una sola gota de protesta. La lluvia nunca es un obstáculo y para pasear solo hacen falta ganas de perderse, y tengo alacenas repletas de tantos tarros llenos de ilusiones que sé que nunca pasaré hambre. Me alimento con una dieta rica en besos a desconocidos y nunca miro la hora ni miro atrás después de cruzar la meta: siempre soy la primera y así nadie podrá nunca atraparme. Aparezco y desaparezco sin necesidad de trucos ni subterfugios: soy agua y aire, es mi naturaleza la que me pide vivir fuera de los sótanos y los alambres de las razones. Me cruzan puentes y me atraviesan manadas y a veces intentan contenerme con diques y presas que hago reventar a fuerza de canciones: soy un río y fluyo hasta el mar, incontenible e imparable. Pero a veces me detengo en meandros, sitios en los que me apetece solidificarme. Ahora vivo en el número 11 de la Rue Saint-Paul, pero es solo una dirección, unas coordenadas a partir de las cuales podré impulsarme hasta el resto del mundo, que sigue esperándome, como lo hace todavía el sol, ese sol que calentará caminos y me recitará siempre el mismo mensaje: bon voyage! , ahora en francés, mañana: en cualquiera de los idiomas imaginables.
Parto pero sin enquistarme en despedidas, sino fraguándome en nuevos recibimientos: aquellos que vendrán descubrirán una nueva persona en mí, más viva, más sabia, aún más fuerte.
Entonces descubrirás que solo los que vuelven pueden reconocer el camino a casa, porque los que no se mueven, esos nunca sabrán que ni siquiera los árboles son tan quietos como parecen: sus raíces bucean en las entrañas del mundo y sus ramas crecen en todas direcciones, buscando el cielo, arañando nubes, ansiando columpios en los que poder mecer a aquellos que son lo suficientemente valientes como para seguir jugando con la vida.

domingo, 10 de julio de 2011

Rue Gresnel 27

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++Rue Gresnel vs Rue  Fresnel  : a veces las calles cambian la G por la F…París a veces duda y nos sorprende…la magia del alfabeto no tiene límites ++

ilustración a cargo de Clara Morales
texto a cargo de Luisa Bernal
vida creada para Andrea G. Portoles

París es grande. Cuando me trasladé a la Rue Gresnel 27 no conocía a nadie en el vecindario pero al toparme con esta antigua mercería vacía empecé a imaginar mi pastelería aquí y no pude abandonar mi sueño.
Mi primer cliente fue Antoine, el frutero de la esquina que me alegra las mañanas proclamando que mis croissants son los mejores de todo París y bromeando con la vieja bicicleta que me lleva a todas parrtes.
Desde hace un mes, hemos establecido un sistema de trueque entre los dos: cada día, casi al amanecer, Antoine recoge su croissant recién sacado del horno, dos baguettes y "el pastel del día" para sus empleados. A cambio me trae una selección de frutas de temporada con las que prepararé el próximo "pastel del día" y con las que retomaré energía mientras remo en mi piragua por el Sena. Cuando llevo mandarinas, solo su aroma ya me hace retroceder en el tiempo: vuelvo a tener diez años y me dan ganas de girarme y comprobar si mi padre sigue ahí observando cómo aprendo, disfrutando de nuestra afición compartida...
A Antoine le encanta que le cuente estas historias que luego él adorna para hablar a sus clientes de la importancia de la fruta en nuestras vidas.
De vuelta a casa, me siento feliz de haber convertido en realidad mi vida soñada en París.

miércoles, 6 de julio de 2011

cerca del Musee D´Orsay

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ilustración y texto a cargo de Suz Sánchez

vida creada para Adrián Hernández

El día despierta despacio, sin prisa, abriendo los ojos tímidamente a la vez que lo hace el sol en el horizonte y ya puedo oler la mañana detrás de mis cortinas de rayas azules. El pequeño ático que he alquilado cerca del Musee D´Orsay huele a recién pintado, muebles estilo años 20 y cigarrillos. Mi sueño esta noche ha sido ligero, pausado, no me puedo creer que por fin este aquí. No ha sido un camino fácil, pero al fin, puedo decirme a mi mismo “que lo he conseguido”. Hoy me he propuesto tomármelo con calma y saborear el momento, al igual que una buena taza de café en la Place du Tertre. El sabor, profundo , tiene que ir deslizándose por mi garganta, y quedar anclado en ese baúl de recuerdos de mi mente. Lo siento lleno, pero justo a tiempo para guardar todos aquellos momentos que siempre me imagine mientras era apenas un chaval y leia historias de grandes nombres.
Llegare despacio. El sol, el olor del ambiente, los tilos en flor, en color de la urbe, todos me ayudaran a afrontar el día que me espera. Estoy sereno y preparado. Camino lentamente por la calle y me pellizco levemente el brazo. Se que están todos allí esperándome. Veo que mis pies se alejan, mi cabeza les sigue, y consciente del día, subo la escalinata de la parte trasera del auditorio principal, y oigo una voz familiar.
- Seigneur, bienvenue à le centre Georges Pompidou, leurs auditeurs attendent ....

sábado, 2 de julio de 2011

Rue de Seine

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fotografías a cargo de Carmen Grandal
texto a cargo de Ana Elorza
vida creada para Liz Granados

PRIMERA CARTA DESDE PARÍS
Mami, estoy feliz. ¿Sabes que ya he encontrado mi sitio en París? Sé que me vas a decir que me puedo quedar más tiempo en casa de la tía Lupe, pero si vieras el apartamento… es pequeñito y monísimo, y en pleno barrio latino, en la calle Rue de Seine. En el remite te escribo la dirección completa.
Me traslado a primeros de mes, y el primo Daniel me ayudará con la mudanza. No tengo muchas cosas, lo sabes, pero es un quinto sin ascensor y la bici y las cámaras pesan lo suyo. Te prometo que voy a usarlas todas, no te enfades por habérmelas traído, no puedo renunciar a ninguna. Esta ciudad tiene unos rincones y una luz tan especiales…
El curso de fotografía es genial; mejor aun de lo que imaginaba, y no es un problema que todavía no hable bien francés. Tengo una compañera mejicana que, cuando lo necesito, me ayuda con el idioma.
La tía Lupe me acompañó a buscar apartamento. Recorrimos varios distritos, pero en cuanto entramos en éste, nos encantó a las dos. Es acogedor, luminoso y la zona está llena de galerías de arte. ¿Qué más puedo pedir? La boca de metro está a dos calles, aunque sabes que siempre que el clima lo permita iré a la escuela en bici, como hasta ahora.
Sé lo que estás pensando y no debes preocuparte, también hay un mercado cerca y justo al lado del portal, una frutería. La tía Lupe le pidió al frutero que me tratara bien. Es innegable que la tía Lupe y tú sois hermanas. “Oh la là, Madame –le contestó sonriendo – no ve que soy el farmacéutico de la zona; no permitiré que a esta joven le falten vitaminas”.
El primo Daniel me dice que ahora parezco Amelié disfrutando de París, y me advierte que la ciudad también tiene su lado menos amable. ¿Qué le voy a hacer, si estoy en la ciudad de mis sueños y la vida parisina me sonríe?
Gracias, mami, por permitirme cumplir mi sueño, sólo a cambio de que lo aproveche, te llame cada semana y te escriba una carta al mes. En mi corazón, tú eres la torre Eifell más bella.
Besos,
Liz
Posdata: El mes que viene te cuento sobre mi gato Doisneau y lo romántico que es siempre pasear por las orillas del Sena.

lunes, 27 de junio de 2011

11 bis rue Victor-Schoelcher

Postcards_From_Paris
ilustración y texto a cargo de Marta Vargas
vida creada para itziar

Los primeros rayos de luz del día se deslizan con lentitud sobre el edredón blanco hasta llegar a mis manos, que reposan sobre la almohada muy cerca de mi cara. Huelen a uvas, y una mancha de vino tinto en mi blusa blanca que cuelga del marco de la ventana me transporta a la velada de la noche anterior.
Rimbaud, Verlaine, mis conocimientos sobre Matisse, el arte y la poesía y mi intento de encandilar al joven intelectual que citaba a Marcuse y Beauvoir durante nuestras largas conversaciones. Apenas le conocía pero me gustaba fingir que no me llamaba la atención, que no me parecía la persona más interesante que había conocido nunca. Recuerdo como,  durante los primeros días: me despertaba temprano los sábados por la mañana y paseaba por la rue des Martys, compraba un ramo de flores y esperaba en cualquier café hasta verle pasar. Él vivía muy cerca de Victor-Schoelcher, así que tan solo era cuestión de tiempo cruzarme con él. Y cuando le veía, caminaba ligera y despistada en su misma dirección, con mis zapatos negros y el ramo de flores sobre mi pecho, mirando hacia otro lugar y fingiendo sorpresa al cruzarme con él.
Y entonces, tal y como esperaba, me preguntaba por las flores y yo me entregaba a un delicioso ejercicio: me emborrachaba de vanidad e inventaba cualquier historia con otro joven parisino al que le gustaba el arte y el ajedrez; lo que provocaba los ansiados celos de mi muchacho y sus repentinos ataques de pasión que le impulsaban a tomar mi mano y salir corriendo en dirección a los tejados para bailar, bailar durante toda la noche y acabar haciendo el amor sobre algún rincón de París. Era el juego que nos mantenía vivos, el agua que saciaba nuestra sed… esa misma agua que terminaría por ahogarnos. Ambos lo sabíamos… y si se me ocurría olvidarlo esa mancha de vino tinto estaría ahí para recordármelo.

martes, 21 de junio de 2011

RUE DE VAUGIRARD 328

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ilustración a cargo de  Bea Crespo
texto a cargo de Joanaina
vida creada para Itsaso Urdaibai

Me pasé tres días sentada delante de la habitación 413 del Hospital Vaugirard-Gabriel Pallez, en la planta de pediatría. Los niños hacían cola para sentarse en una butaca de un amarillo mostaza que Michel había acomodado justo frente a mí. A mi izquierda tenía una mesita lo suficientemente amplia para poner algunas acuarelas y pinceles, y apoyaba el cuaderno de dibujo sobre mis faldas, normalmente cubiertas por mi bata azul celeste con dos botones rojos en lo alto del cuello. La mayoría de aquellos niños llevaban ingresados mucho tiempo. Tal y como me había pedido Michel, yo me limité a dibujarles aquel recuerdo que todos tenían del día que llegaron al hospital: les ponía la pierna que les faltaba a los cojos, les quitaba la silla de rueda a los paralíticos o les ponía pelo a los que lo habían perdido por el cáncer, coletas de colores, broches en el pelo, rizados impecables. Pero por encima de todo, lo que más me gustaba era dibujarles su mejor sonrisa mientras me miraban con aquellos ojos tan sinceros. Las había picaronas, brillantes, rojizas, burlonas, inocentes, babosas, suaves, tiernas… Luego me llevaba los dibujos a casa y Xian, con aquellos ojos rasgados y aquellos deditos inocentes, señalaba el color que le gustaba más en una carta Pantone y Michel les ponía un marco de madera que pintaba del color elegido.
Hace un par de días, mientras buscábamos en la habitación de los trastos un parasol que compramos antes de adoptar a Xian en un mercadillo que habían montado en nuestra calle, dentro de un baúl de mimbre aparecieron todos esos dibujos. Los recogí y los saqué a la terraza. Buddy, como casi siempre, se empeñó en seguirme y acurrucarse sobre mis pies con toda esa mata de pelo suave de color canela. Los iba pasando uno a uno, fijándome en el nombre del niño, que Michel había escrito en el reverso de cada dibujo, y en el día de su hospitalización. Cléa, Julien, Mathieu, Allain, Clarisse. De golpe, entre todos aquellos dibujos, apareció uno que no era mío porque aquella mujer con gafas y bata azul celeste era yo. Los detalles del dibujo eran magníficos: la bata, los jarrones con pinceles, la butaca, el nº 414. Si los detalles no hubieran sido tales no me habría reconocido porque aquella mujer solitaria llena de manchas de pintura no sonreía. Fue entonces cuando me dio por llorar y seguramente lloré todos los nombres de aquel invierno.