martes, 6 de septiembre de 2011

Rue de la Bûcherie 8


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fotografías a cargo de Sergio Aritméndiz
texto a cargo de Anna Liebheart
vida creada para Federico Calabuig


Me despierto en una plaza con la sensación de que ayer me fui pronto a la cama, hacía frío y la calefacción había dejado de funcionar. Recuerdo cuatro mantas sobre mi cuerpo, una taza de té y un libro de un escritor francés  con demasiadas consonantes, fui incapaz de leer ni una palabra. Recuerdo el silencio y el color naranja guiándome en sueños, recuerdo a una chica, una desconocida y una voz, su voz estableciendo huecos en la madera de los bosques. Mis recuerdos parecen el hilo musical de otro, alguien un poco más alto que yo y tal vez más viejo, sus canciones hablaban de lagos en regiones donde el hielo es una sana costumbre para los patinadores y la gente decora sus casas con pequeñas ramitas que recogen del bosque. En sus canciones había peces que solo regresan en primavera, peces naranjas, como su gabardina.

 Abro un poco más los ojos, me incorporo y siento que en París la gente no se percata de mi presencia, como si haberme quedado dormido aquí y no saber como ha sucedido, fuera algo a lo que esta gente está más que acostumbrada.  Me gusta esto de no estar del todo aquí, tal vez siga durmiendo  en mi habitación de la Rue bûcherie , mientras en sueños disfruto de un comienzo nuevo. Camino pegado a los pliegues rocosos de las estatuas, me siento en bancos donde da el sol y caen las hojas y noto que el hambre comienza a hacerse notar y automáticamente pienso en cines a las cuatro de la tarde, poca gente, sillones antiguos, olor a humedad y palomitas. Entro en el primero que encuentro, como nadie parecer verme me sirvo yo solo y me dirijo a mi asiento, el que yo elijo, porque en los sueños todo es gratis e increíblemente fácil, por lo menos en los míos.  La película comienza con el plano de un edificio de seis plantas, la cámara se adentra en el portal, sube en el ascensor, uno de esos antiguos que hacen ruido y tiemblan demasiado. Se detiene en el cuarto y abre la puerta situada a la derecha. Al entrar en el piso, todo está oscuro, las persianas están bajadas y la única luz proviene de una antigua lámpara de flecos rojos que parece robada a un anticuario con mal gusto. Sonrío porque ese entorno me resulta conocido, casi sé lo siguiente que va a aparecer: los cuencos con restos de sopa sobre la mesa baja, la ropa hecha un ovillo, una vieja revista de cine de los 50 encima del televisor…se parece tanto a un lugar en el que yo he estado. La cámara nos hace entrar en la habitación del fondo del pasillo, el balcón está abierto, no hay nadie. En la mesilla una taza de té, un libro de un escritor francés y 5 polaroids de una mujer vestida con una gabardina naranja. La mujer cada vez más cerca, más dentro de plano, hasta que su cuerpo lo llena todo, es entonces cuando alguien de la fila de atrás me llama. Me da miedo volverme, descubrir algo que ya he visto antes, que no recuerdo y me da vértigo , aun así no lo dudo: me arriesgo. Justo detrás de mí hay una mujer que susurra algo, al acercarme a ella me doy cuenta de que está cantando y entonces yo la tapo la boca suavemente y termino la letra de esa canción que sin duda habla de nosotros.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Rue Lepic . Día de lluvia




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diseño creado por María de Miguel (Emes)
texto a cargo de Susanna Issern
vida creada para Lidia Buitrago

 
Hoy diluvia en París. Y no sé si es que alguna gota de lluvia se estará bañando en mi café pero, por algún motivo, no tiene el sabor de todos los días. Además, ayer anunciaba la météo que esta tormenta de agua vendría cargada con arena del Sahara. Me emociona pensar que en mi humeante taza pueda haberse diluido una pizca de desierto. Incluso mi vanidad, como profesional de la moda, me lleva a creer percibir un cambio sutil en el tono del café, que tira algo más a ocre, exactamente una gota más.
Hace ya unos meses que me mudé a rue Lepic. Encontré un ático lo bastante espacioso como para instalar allí mi propio atelier y lo bastante económico como para podérmelo permitir. El edificio es antiguo, pero cuco. Y tan alto que, mientras diseño y dibujo, coso y descoso, veo a los gatos hacer equilibrios sobre los tejados parisinos y a las palomas glotonas alzar el vuelo desde Montmartre.
Muchas tardes cierro pronto el taller y salgo a dar un paseo en bicicleta. Pedalear junto al Sena, explorar la ciudad y callejear por barrios desconocidos; es mi debilidad. En los lugares más insospechados descubro, escondidas, pequeñas tiendas de moda. Me detengo y las observo ensimismada mientras sueño despierta que mis diseños lucen en sus escaparates: “algún día”, me digo, “algún día”.
A última hora, con o sin paseo en bici, me siento en una terraza cerca de casa y me tomo un café au lait. Miro a la gente pasar. Me gusta observar sus ropas y complementos e intento adivinar, a través de ellos, su personalidad, su profesión y sus aficiones. Hoy priman las bottes de gomme, las gabardinas y los paraguas, moteados por gentileza del polvo en lluvia sahariano.
Casi todos los días a la misma hora pasa por aquí un chico muy interesante. No se puede decir que sea guapo, pero tiene algo especial. Hasta tal punto que, de alguna forma, se ha convertido en mi maniquí particular imaginario. De hecho, la nueva colección masculina para este otoño-invierno la he diseñado pensando en él. Me divierto vistiéndole y desvistiéndole. Probándole conjuntos y distintas combinaciones de colores, zapatos, cinturones de leopardo, sombreros, gorros y bufandas. Si supiera que tengo un armario sólo para él…
Volviendo a mi café medio vacío, me pregunto si habré ingerido ya aquella partícula viajera. Y mientras discurro sobre algo tan poco trascendental como eso, le veo avanzar a lo lejos. Como siempre, me pongo nerviosa, me siento colorada. Me escondo detrás de una novela y le observo sin perderme el más mínimo detalle. A medida que se acerca percibo que algo a mi alrededor llama su atención. Cuánto más se aproxima más segura estoy de que es a mí a quién mira. El corazón se me va a salir del pecho, las hojas de mi libro han empezado a temblar y me ha entrado tal sofoco, que mi cuerpo se pondrá a arder en cualquier momento.
Con semblante tranquilo, ajeno a mis sensaciones, ha llegado hasta mí y se ha parado a la altura de mi mesa. Me ha mirado fijamente unos segundos, durante los cuales no he sido capaz de reaccionar, y finalmente ha exclamado: “Excusez-moi, mademoiselle, una curiosidad: hoy sus ojos tiran algo más a ocre, exactamente una gota más.”


domingo, 28 de agosto de 2011

rue Clovis


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ilustraciones a cargo de Ainat Drawings
texto a cargo de Alles Lüge
vida creada para Francisco Martín



Palíndromos y epigramas es mi desayuno para no caer de nuevo en la cama de mi apoplejía. ¿Qué hora es?

El insignificante simbolismo de mi despertar pronto es sustituido por juegos infantiles en la sala de estar, rebautizado como sala de SER. Soy un filosófo, el mayor de los, soy lo que Sartre nunca se atrevió a ver con su ojo derecho: una batidora cartesiana que reducirá todo el saber anterior a una especia de sustancia amarilla y pegajosa: aquí dicen que esto ya existía, y que lo llaman mayonaisse, pero YO nunca hago caso a las otras voces.

Pero… ¿por cuánto tiempo más? Me debato en la agonía de la ducha diaria. ¡No tengo agua! Necesito un equipo de superpensadores para dar un golpe de estado MORAL a la desidia NO- corporativa. Nada que yo no pueda hacer, tan solo que la sobreexposición mediática quema mi sensible PIEL.

Soy demasiado guapo. Me arrebato y me imploro. Necesito ser invisible, mover los hilos hasta que encuentren las costuras exactas. El espejo hará lo contrario: negarme. Para él no existo. Estamos en paz. Miro a otro lado, pero el otro lado me mira a los ojos, y soy tímido, además de genial a deshoras.

Mi portero Gerard es gordo y le gustan las manchas en sus camisas abiertas, pero creo que servirá para mis propósitos: él será el encargado de la FACCIÓN SOCIAL de mi proyecto. Venderá salchichones envenenados a los políticos. Sí, mi PLAN MAESTRO está cargado de grasas y redime estructuras primitivas. Nada mejor que un salchichón para encabezar nuestra nueva revolución. Por la boca muerde el pez, dijo Ramsés II antes de comerse un aceituna escabechada.

Nadja es la chica que friega mi descansillo los domingos. Creo que la reclutaré para repartir PROPAGANDA. Ella es inmigrante pero sus ideas son nacionalistas a tope. Cree en el detergente como coartada espiritual. Hay que lavar todas esas almas de rodillas, hasta que sangren, como enseñan en las escuelas tercermundistas.

Vivo en la Rue Clovis 5º arrondisement, cerca del Pantheon, y no por razones RANDOM (arbitrarias siempre me sonó a silbato). Como en una especie de simbiosis post-avant garde, dejo que todos esos intelectuales y pensadores enterrados en tal sacro ANTRO penetren en mi subsconciente y salgan por los sitios menos favorecederos de mi anatomía. A media tarde. Soy puntual como un reloj parado. Pero otros eran mis circunloquios. Nunca fui menos elíptico.

VOY A EMPAPELAR EL PANTHEON ENTERO CON CARTELES DE DJ NAUSEA.

(Se dedica a remezclar temas de 50´s easy listening tailandés con música triphop, tan noventas)

Después empapelaré mi propio cuerpo en plena calle, y le prenderé fuego a lo GONZO*.

Otro mundo surgirá de esta acción. Intervendré en el devenir internacional. La gente dejará de comprar coches y casas, y procederá a inundar las BIBLIOTECAS, ávidos de saber estar, como si fuera el arca de Noé y el diluvio se precipitara desde las pantallas de nuestros ordenadores MAC.

Pero antes de todo esto me tomaré una absenta y me fumaré un GALOUISE, a ver si me olvido de todo mi tractatus ideológico y limpio de una vez mi cuarto de baño.



* A lo GONZO, sí, no a lo BONZO: A LO GONZO.

jueves, 18 de agosto de 2011

Nuevos Proyectos


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Los meses pasan y no dejan de sucederse pequeñas alegrías, es por eso que  he decidido hacer una pausa y compartir con todos los que seguís y apoyáis este proyecto una estupenda noticia. Desde hace muy poco Postcards from Paris y Anormalmag  han estrechado lazos y han decidido que parten de un principio común: el de descubrir a creadores de diferentes áreas , gente con propuestas realmente sorprendentes y en los que uno debería detenerse. Eso sí, avisamos que en ocasiones uno no quiere volver a la realidad sino es de la mano de alguno de ellos. Y es que cansados de más de lo mismo, Anormalmag nos ofrece desde Chile una red de infinitas posibilidades y eso señores es una deliciosa golosina que no podemos rechazar. Sus reseñas y entrevistas se alejan de todo lo que hayamos conocido antes, apostando por lo cercano, lo que nos brindan la posibilidad de sumergirnos en una sucesión de mundos y creadores que no dejarán indiferente a nadie. Temas como la moda, el diseño, la fotografía o la ilustración conforman sus platos fuertes. Para redondear destaco el cuidado diseño de su página, un síntoma más de que estamos ante verdaderos amantes del trabajo bien hecho.

En lo que atiene a Postcards, muchos de vosotros podréis disfrutar de entrevistas y reseñas donde descubrir a muchos de nuestros creadores, así que seguídnos la pista, porque prometemos dejar huella en todos y cada uno de vosotros.

miércoles, 10 de agosto de 2011

159 rue de Grenelle



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 (clic en la imagen para ampliar)

ilustración a cargo de Ana Bustelo
texto a cargo de Dara Scully
vida creada para Alejandra Recchia

Se le atasca el zumo en la garganta y tose una sonrisa breve que termina por rellenar toda su boca. Yo la miro y sonrío también, contagiado de su gana, de la luz que se come las flores de las paredes a bocados mientras el cielo se despeja.
-Ha dejado de llover - dice.
Tiene un cuadro a medias sobre el caballete. Grenelle extiende su cuerpo lánguido por la tela, perezosa como nosotros dos en esta mañana de verano. Sin embargo, ella, con la sonrisa todavía en la cara, parece despertar mientras acerca sus caderas hasta la cama.
-¿A qué huele París tras la tormenta? - le pregunto.
Alejandra se encoje de hombros y piensa en el pueblo pequeño de donde proviene, en la fruta madura que, a veces, preña los árboles del jardín de atrás. Supone que es un olor distinto, pero no acierta a distinguir qué lo hace diferente. Las pinturas siguen allí, y ella vestida de domingo, con la falda por encima de la rodilla y sus sandalias bajas. Entonces me mira, clava sus ojos grandes en mi sombrero de paja, y encuentra las palabras que le faltan.
-Al café de La Folle Avoine - concluye.
Lo dice con la boca pequeña mientras se le sube el color a las mejillas. Como la primera vez, o casi, que ese mismo café estuvo entre nosotros. Cuando aún no nos conocíamos y nuestras vidas eran más grises en aquella ciudad grande y extraña para ambos. Ese café que a ella le amargaba y que, sin embargo le olía a su casa y a todo lo que conocía, y que la atrajo a mí una tarde de diciembre en la que París amenazaba con llover sobre los sueños que aún nos quedaban en la cabeza.

domingo, 7 de agosto de 2011

Mon histoire


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ilustración a cargo de Mónica Solsona
texto a cargo de Julia Jiménez
Vida creada para María Peñalver

La mañana que decidí venir a París no hubo ninguna señal del cielo, ni tampoco es que quisiera huir de ese rumor de pena constante que me dejó la muerte de mi madre (como el eco de una caracola aleteando contra el corazón). Mi vida era cómoda en una ciudad cómoda con un cómodo trabajo. Las cosas parecían haberme venido rodadas y yo me monté en esa rueda en la que elegía poco más que el traje que ponerme. Pero me bajé del tiovivo de feria abandonada. Me puse guirnaldas en el pelo y me dejé seducir por el eco de la música de una vieja gramola que llevaba una bella mujer (lo bastante alta como para poder ser una diosa de las antiguas leyendas indias) en la cabeza. Los primeros días o quizás fueran años, siempre cerca de la brasserie de l’Île (hay lugares que son un estado de ánimo), dibujaba las puestas de sol que se me caían del corazón. Las pintaba en las uñas de los transeúntes que querían extenderme su mano y siempre había alguien que me dejaba un franco o la historia de su vida o un croissant. Pierre me dejó las tres cosas y añadió las llaves de su casa. Los días de lluvia la casa de Pierre cruje como una vieja rodilla oxidada y crecen amapolas azules en los tiestos de la galería. Esos días el cielo de París es gris y yo hago cojines de ganchillo de muchos colores como los hacía mi abuela. Todavía Pierre me mira y se descoloca y necesita enmarañarme el pelo con sus manos grandes y ásperas para creerme. Marie, me dice. Y yo entiendo que podría haber sido en cualquier lugar. Pero fue en París.

sábado, 30 de julio de 2011

place du Tertre

  
AMANDA

 

MINERVA

 

ZAPATOS DE PIEL


ilustración y texto a cargo de p.strange
vida creada para Sra. Farnsworth


(El principio del fin)

Corría el año 1924; Los primeros Juegos Olímpicos se celebrarían en el mes de Mayo. Hacía frío, ese tipo de frío que se soporta bien, (con un buen abrigo y unos guantes de piel).
Minerva Farnsworth (el nombre seleccionado para su segunda vida parisina) se encuentra en su cafetería habitual del barrio de Montparnasse, completamente concentrada en su tercer capuccinno y sus labores de ganchillo.
Tras una tomentosa relación con el arquitecto redactor de la que habría sido su futura vivienda, se escapa a París, imaginándose ser Audrey Hepburn en Sabrina. Había conseguido el dinero suficiente alquilando sus propiedades inmobiliarias en Madrid para mudarse a un precioso ático con cubierta amansardada en “La Place du Tertre” del barrio de Montmartre.
Minerva pasaba los días entre varios capuccinnos, vueltas de ganchillo y su nueva afición, la lectura de “Sept Manifestes Dada”, (consiguió una copia en un “épater le bourgeois” clandestino). Aquel Tristan Tzara la tenía completamente absorta. Lo que más le gustaba era crear poemas dadaístas recortando palabras de “Le Figaro”:

“Le poumon de la gâchette;
secoue le coin. Poudre
la mort
sous le lit, briques
Reste, les nuages ​​et un peu de sang.”

Además, entre varios capuccinnos, vueltas de ganchillo y poemas dadaístas, planificaba la venganza de su antiguo amante y arquitecto redactor Emmanuel Frost, (su gélido apellido siempre le había producido escalofríos). Unos segundos antes de apurar el último sorbo de café y marcharse a comprar flores, apuntaba en su cuaderno con ribetes dorados una diferente forma de asesinar; Cuándo alcanzara la número 100, ejecutaría una de ellas escogida al azar.

(Quoi qu'il en soit, recommencez)

23 de Junio de 1954:

“Extraña aparición de huesos humanos durante la restauración de un antiguo edificio madrileño, (…). Junto a los restos emparedados en uno de los tabiques se halla una caja de latón en la que se encuentra un pedazo de papel con el número 68, y un antiguo recorte de una especie de periódico escolar dónde se observa a una muchacha pelirroja de unos 28 años, bajo la fotografía, se puede leer la siguiente leyenda; “Emmanuel Frost entregando a Amanda Delgado, estudiante de arquitectura, el primer premio de “Arquitectos del futuro” valorado en 150.000 pesetas”
Todavía recuerda lo fácil que fue volver a enamorar al maldito Frost y cumplir la muerte número 68; Las cosas se complicaron cuando el Arquitecto pidió perdón por todos sus actos pasados… Aún así, Amanda Delgado había desaparecido hace mucho tiempo.
Casi 30 años después, bajo la magnífica luz del rosetón norte de la Catedral de Notre Dame, Minerva Farnsworth mira con orgullo aquellos preciosos zapatos de piel marrón que todavía sigue usando y esboza una pérfida sonrisa de satisfacción mientras relee el artículo por última vez.
La venganza es un plato que se sirve frío; Y se come despacio.

domingo, 24 de julio de 2011

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Rue Buffon veronica algaba 1




Rue Buffon veronica algaba 2


Rue Buffon veronica algaba 3


ilustraciones a cargo de Verónica Algaba
texto a cargo de Anna Liebheart
vida creada para Marta Nh

Me levanto sabiendo que hoy s­­­e aprueba en el parlamento francés la reforma en contra de los lunes, años enteros sufriendo de camino al trabajo, temiendo el atasco, la lluvia y la puerta de entrada a un lugar con el que me costaba identificarme . Es curioso pensar que dentro de un tiempo habré inaugurado un nuevo vértigo, que nada tendrá que ver con el pánico que me producía el comienzo de semana. Y es que a partir de hoy, 24 de Julio de 2011 después del domingo vendrá un día en blanco que cualquier ciudadano podrá nombrar y gestionar según sus deseos. Pienso que al fin ha servido de algo manifestarse, luchar hasta conseguir una conquista que beneficie a todos, el agotamiento nos ha devuelto la fuerza, así que lo tengo decidido: en  este tiempo que por fin es mío voy a dedicarme a recuperar algo que nunca imaginé perder y es que por extraño que parezca, desde hace más de tres meses no tengo sombra. Todo  sucedió en el metro en un transbordo en Haussmann St Lazare, caminaba sumergida en mis pensamientos, recordando alguna frase del libro que acaba de leer, o pensando en la deliciosa cena que compartiría con Etienne aquella noche, despistada como iba sentí tropezar pero no caer. Recuerdo a un hombre ciego con la mano en alto, sujetando algo, impidiendo mi caída sin tocarme, sin verme en realidad. El tiempo pareció detenerse entre nosotros, incluso volverse más ligero, le vi respirar hondo y abrir la boca como quién bosteza con hambre de meses, me fijé en sus labios y en sus filas blanquísimas de dientes y fue entonces cuando lo vi masticar despacio, paladeando el sabor de algo nuevo que pareció causarle un inmenso placer. La gente a partir de ese momento comenzó a bailar, como si la música surgiera de mi piel y nadie pudiera resistirse a esa danza irracional y antigua, me incorporé y me deshice como pude de una mujer de 80 años haciendo demi-pliés que  me seguía de cerca, y al hacerlo busqué al ciego que  había comenzado a alejarse deprisa, mezclándose astutamente entre la gente. Desde ese día intento caminar bajando el sonido a mis pasos, evito la hora punta y los lugares concurridos, porque aunque los primeros días era inmensamente feliz una acaba cansada de tanto fox-trot y pasos de swing en el supermercado, en el cine, incluso mi amado Etienne empieza presentar síntomas si estamos a menos de cinco metros de distancia. No nos ha quedado más remedio que comenzar una relación a distancia, nos mandamos postales a la espera de que cualquier día logré dar con el maldito ciego que se merendó mi sombra. Mientras tanto la prensa internacional se hace eco del extraño fenómeno que se produce de forma intermitente en el distrito 5, los titulares anuncian sin parar: París es una fiesta!!! y entre dientes me digo: y yo su maldito altavoz…

viernes, 15 de julio de 2011

11 rue de Saint-Paul


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ilustración a cargo de Nader Sharaf
Texto a cargo de alles luge
vida creada para Thérese de Blainville
 
Ha llegado el verano pero el sol se retrasa: ha debido quedarse atascado entre árboles o quizás su madre no le deje salir de casa. No me importa porque tengo los suficientes pasos como para guarecerme de la quietud y el abatimiento sin una sola gota de protesta. La lluvia nunca es un obstáculo y para pasear solo hacen falta ganas de perderse, y tengo alacenas repletas de tantos tarros llenos de ilusiones que sé que nunca pasaré hambre. Me alimento con una dieta rica en besos a desconocidos y nunca miro la hora ni miro atrás después de cruzar la meta: siempre soy la primera y así nadie podrá nunca atraparme. Aparezco y desaparezco sin necesidad de trucos ni subterfugios: soy agua y aire, es mi naturaleza la que me pide vivir fuera de los sótanos y los alambres de las razones. Me cruzan puentes y me atraviesan manadas y a veces intentan contenerme con diques y presas que hago reventar a fuerza de canciones: soy un río y fluyo hasta el mar, incontenible e imparable. Pero a veces me detengo en meandros, sitios en los que me apetece solidificarme. Ahora vivo en el número 11 de la Rue Saint-Paul, pero es solo una dirección, unas coordenadas a partir de las cuales podré impulsarme hasta el resto del mundo, que sigue esperándome, como lo hace todavía el sol, ese sol que calentará caminos y me recitará siempre el mismo mensaje: bon voyage! , ahora en francés, mañana: en cualquiera de los idiomas imaginables.
Parto pero sin enquistarme en despedidas, sino fraguándome en nuevos recibimientos: aquellos que vendrán descubrirán una nueva persona en mí, más viva, más sabia, aún más fuerte.
Entonces descubrirás que solo los que vuelven pueden reconocer el camino a casa, porque los que no se mueven, esos nunca sabrán que ni siquiera los árboles son tan quietos como parecen: sus raíces bucean en las entrañas del mundo y sus ramas crecen en todas direcciones, buscando el cielo, arañando nubes, ansiando columpios en los que poder mecer a aquellos que son lo suficientemente valientes como para seguir jugando con la vida.

domingo, 10 de julio de 2011

Rue Gresnel 27

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++Rue Gresnel vs Rue  Fresnel  : a veces las calles cambian la G por la F…París a veces duda y nos sorprende…la magia del alfabeto no tiene límites ++

ilustración a cargo de Clara Morales
texto a cargo de Luisa Bernal
vida creada para Andrea G. Portoles

París es grande. Cuando me trasladé a la Rue Gresnel 27 no conocía a nadie en el vecindario pero al toparme con esta antigua mercería vacía empecé a imaginar mi pastelería aquí y no pude abandonar mi sueño.
Mi primer cliente fue Antoine, el frutero de la esquina que me alegra las mañanas proclamando que mis croissants son los mejores de todo París y bromeando con la vieja bicicleta que me lleva a todas parrtes.
Desde hace un mes, hemos establecido un sistema de trueque entre los dos: cada día, casi al amanecer, Antoine recoge su croissant recién sacado del horno, dos baguettes y "el pastel del día" para sus empleados. A cambio me trae una selección de frutas de temporada con las que prepararé el próximo "pastel del día" y con las que retomaré energía mientras remo en mi piragua por el Sena. Cuando llevo mandarinas, solo su aroma ya me hace retroceder en el tiempo: vuelvo a tener diez años y me dan ganas de girarme y comprobar si mi padre sigue ahí observando cómo aprendo, disfrutando de nuestra afición compartida...
A Antoine le encanta que le cuente estas historias que luego él adorna para hablar a sus clientes de la importancia de la fruta en nuestras vidas.
De vuelta a casa, me siento feliz de haber convertido en realidad mi vida soñada en París.

miércoles, 6 de julio de 2011

cerca del Musee D´Orsay

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ilustración y texto a cargo de Suz Sánchez

vida creada para Adrián Hernández

El día despierta despacio, sin prisa, abriendo los ojos tímidamente a la vez que lo hace el sol en el horizonte y ya puedo oler la mañana detrás de mis cortinas de rayas azules. El pequeño ático que he alquilado cerca del Musee D´Orsay huele a recién pintado, muebles estilo años 20 y cigarrillos. Mi sueño esta noche ha sido ligero, pausado, no me puedo creer que por fin este aquí. No ha sido un camino fácil, pero al fin, puedo decirme a mi mismo “que lo he conseguido”. Hoy me he propuesto tomármelo con calma y saborear el momento, al igual que una buena taza de café en la Place du Tertre. El sabor, profundo , tiene que ir deslizándose por mi garganta, y quedar anclado en ese baúl de recuerdos de mi mente. Lo siento lleno, pero justo a tiempo para guardar todos aquellos momentos que siempre me imagine mientras era apenas un chaval y leia historias de grandes nombres.
Llegare despacio. El sol, el olor del ambiente, los tilos en flor, en color de la urbe, todos me ayudaran a afrontar el día que me espera. Estoy sereno y preparado. Camino lentamente por la calle y me pellizco levemente el brazo. Se que están todos allí esperándome. Veo que mis pies se alejan, mi cabeza les sigue, y consciente del día, subo la escalinata de la parte trasera del auditorio principal, y oigo una voz familiar.
- Seigneur, bienvenue à le centre Georges Pompidou, leurs auditeurs attendent ....

sábado, 2 de julio de 2011

Rue de Seine

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fotografías a cargo de Carmen Grandal
texto a cargo de Ana Elorza
vida creada para Liz Granados

PRIMERA CARTA DESDE PARÍS
Mami, estoy feliz. ¿Sabes que ya he encontrado mi sitio en París? Sé que me vas a decir que me puedo quedar más tiempo en casa de la tía Lupe, pero si vieras el apartamento… es pequeñito y monísimo, y en pleno barrio latino, en la calle Rue de Seine. En el remite te escribo la dirección completa.
Me traslado a primeros de mes, y el primo Daniel me ayudará con la mudanza. No tengo muchas cosas, lo sabes, pero es un quinto sin ascensor y la bici y las cámaras pesan lo suyo. Te prometo que voy a usarlas todas, no te enfades por habérmelas traído, no puedo renunciar a ninguna. Esta ciudad tiene unos rincones y una luz tan especiales…
El curso de fotografía es genial; mejor aun de lo que imaginaba, y no es un problema que todavía no hable bien francés. Tengo una compañera mejicana que, cuando lo necesito, me ayuda con el idioma.
La tía Lupe me acompañó a buscar apartamento. Recorrimos varios distritos, pero en cuanto entramos en éste, nos encantó a las dos. Es acogedor, luminoso y la zona está llena de galerías de arte. ¿Qué más puedo pedir? La boca de metro está a dos calles, aunque sabes que siempre que el clima lo permita iré a la escuela en bici, como hasta ahora.
Sé lo que estás pensando y no debes preocuparte, también hay un mercado cerca y justo al lado del portal, una frutería. La tía Lupe le pidió al frutero que me tratara bien. Es innegable que la tía Lupe y tú sois hermanas. “Oh la là, Madame –le contestó sonriendo – no ve que soy el farmacéutico de la zona; no permitiré que a esta joven le falten vitaminas”.
El primo Daniel me dice que ahora parezco Amelié disfrutando de París, y me advierte que la ciudad también tiene su lado menos amable. ¿Qué le voy a hacer, si estoy en la ciudad de mis sueños y la vida parisina me sonríe?
Gracias, mami, por permitirme cumplir mi sueño, sólo a cambio de que lo aproveche, te llame cada semana y te escriba una carta al mes. En mi corazón, tú eres la torre Eifell más bella.
Besos,
Liz
Posdata: El mes que viene te cuento sobre mi gato Doisneau y lo romántico que es siempre pasear por las orillas del Sena.

lunes, 27 de junio de 2011

11 bis rue Victor-Schoelcher

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ilustración y texto a cargo de Marta Vargas
vida creada para itziar

Los primeros rayos de luz del día se deslizan con lentitud sobre el edredón blanco hasta llegar a mis manos, que reposan sobre la almohada muy cerca de mi cara. Huelen a uvas, y una mancha de vino tinto en mi blusa blanca que cuelga del marco de la ventana me transporta a la velada de la noche anterior.
Rimbaud, Verlaine, mis conocimientos sobre Matisse, el arte y la poesía y mi intento de encandilar al joven intelectual que citaba a Marcuse y Beauvoir durante nuestras largas conversaciones. Apenas le conocía pero me gustaba fingir que no me llamaba la atención, que no me parecía la persona más interesante que había conocido nunca. Recuerdo como,  durante los primeros días: me despertaba temprano los sábados por la mañana y paseaba por la rue des Martys, compraba un ramo de flores y esperaba en cualquier café hasta verle pasar. Él vivía muy cerca de Victor-Schoelcher, así que tan solo era cuestión de tiempo cruzarme con él. Y cuando le veía, caminaba ligera y despistada en su misma dirección, con mis zapatos negros y el ramo de flores sobre mi pecho, mirando hacia otro lugar y fingiendo sorpresa al cruzarme con él.
Y entonces, tal y como esperaba, me preguntaba por las flores y yo me entregaba a un delicioso ejercicio: me emborrachaba de vanidad e inventaba cualquier historia con otro joven parisino al que le gustaba el arte y el ajedrez; lo que provocaba los ansiados celos de mi muchacho y sus repentinos ataques de pasión que le impulsaban a tomar mi mano y salir corriendo en dirección a los tejados para bailar, bailar durante toda la noche y acabar haciendo el amor sobre algún rincón de París. Era el juego que nos mantenía vivos, el agua que saciaba nuestra sed… esa misma agua que terminaría por ahogarnos. Ambos lo sabíamos… y si se me ocurría olvidarlo esa mancha de vino tinto estaría ahí para recordármelo.

martes, 21 de junio de 2011

RUE DE VAUGIRARD 328

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ilustración a cargo de  Bea Crespo
texto a cargo de Joanaina
vida creada para Itsaso Urdaibai

Me pasé tres días sentada delante de la habitación 413 del Hospital Vaugirard-Gabriel Pallez, en la planta de pediatría. Los niños hacían cola para sentarse en una butaca de un amarillo mostaza que Michel había acomodado justo frente a mí. A mi izquierda tenía una mesita lo suficientemente amplia para poner algunas acuarelas y pinceles, y apoyaba el cuaderno de dibujo sobre mis faldas, normalmente cubiertas por mi bata azul celeste con dos botones rojos en lo alto del cuello. La mayoría de aquellos niños llevaban ingresados mucho tiempo. Tal y como me había pedido Michel, yo me limité a dibujarles aquel recuerdo que todos tenían del día que llegaron al hospital: les ponía la pierna que les faltaba a los cojos, les quitaba la silla de rueda a los paralíticos o les ponía pelo a los que lo habían perdido por el cáncer, coletas de colores, broches en el pelo, rizados impecables. Pero por encima de todo, lo que más me gustaba era dibujarles su mejor sonrisa mientras me miraban con aquellos ojos tan sinceros. Las había picaronas, brillantes, rojizas, burlonas, inocentes, babosas, suaves, tiernas… Luego me llevaba los dibujos a casa y Xian, con aquellos ojos rasgados y aquellos deditos inocentes, señalaba el color que le gustaba más en una carta Pantone y Michel les ponía un marco de madera que pintaba del color elegido.
Hace un par de días, mientras buscábamos en la habitación de los trastos un parasol que compramos antes de adoptar a Xian en un mercadillo que habían montado en nuestra calle, dentro de un baúl de mimbre aparecieron todos esos dibujos. Los recogí y los saqué a la terraza. Buddy, como casi siempre, se empeñó en seguirme y acurrucarse sobre mis pies con toda esa mata de pelo suave de color canela. Los iba pasando uno a uno, fijándome en el nombre del niño, que Michel había escrito en el reverso de cada dibujo, y en el día de su hospitalización. Cléa, Julien, Mathieu, Allain, Clarisse. De golpe, entre todos aquellos dibujos, apareció uno que no era mío porque aquella mujer con gafas y bata azul celeste era yo. Los detalles del dibujo eran magníficos: la bata, los jarrones con pinceles, la butaca, el nº 414. Si los detalles no hubieran sido tales no me habría reconocido porque aquella mujer solitaria llena de manchas de pintura no sonreía. Fue entonces cuando me dio por llorar y seguramente lloré todos los nombres de aquel invierno.

sábado, 18 de junio de 2011

63 Rue Caulaincourt

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fotografías a cargo de Gemma Doe
texto a cargo de Nuria Jaén
vida creada para Laura

Al despertar ese sábado, siente un cosquilleo dulce en el cuerpo, se despereza y remolonea en la cama. Le asaltan imágenes de un sueño, trata de recordar. Era de noche y el cielo parecía estar en llamas, reflejando las luces rojas de Pigalle. Hacía el amor en su nuevo sofá, sobre los tejados de París. Un escalofrío le recorre el cuerpo, de pies a cabeza. Hacía tanto que no soñaba...Recuerda pisar palomitas de maíz, se caerían de la mesa, parecen copos de nieve, o flores de almendro. También las había por el sofá. Pero no es capaz de recordar a su amante, siente rabia de no poder arrancarlo de su subconsciente para llevarlo a su cama, ahora, poder verle la cara, poder decirle que hacía tiempo que le esperaba.
-Bueno, es hora de dejar de soñar Laura.- se dice a sí misma.
Sonríe, da un salto y sale de la cama. Asciende en paracaídas el olor a mantequilla y azúcar de la panadería, hoy sin duda se regala un croissant y un “cafe au lait” que ha salido el sol. Quiere acercarse a la tienda de muebles para acordar la fecha de entrega de su sofá, el que estrenó en sueños. Mientras desciende las escaleras se le dibuja una sonrisa en el rostro, de nuevo su mente se inunda con las imágenes difusas de la noche. ¿Quien eras, quien eras....?
-C'est quel votre nom, madeimoiselle?.- Le pregunta la acicalada encargada de la tienda, con el fichero de pedidos en la mano.
Laura deletrea su apellido con velocidad y la encargada lo repite mientras pasa ágilmente las fichas con sus uñas lacadas en rojo intenso. Laura las mira como si fueran caramelitos dando saltos sobre los bordes de cartulina de las fichas.
Lleva semanas deseando estrenar su sofá, hecho a medida para que pueda encajar delante del ventanal. Sí, ha sido un capricho, pero no le pesa. Ha trabajado duro y siente que se lo ha ganado. ¿qué mejor que volver a casa ahora, que apunta la primavera, y poder tumbarse sobre París en su nuevo sofá? Las vistas son fantásticas. Tejados de pizarra donde crecen miles de chimeneas que esconden las almas de sus habitantes, por donde escapar de noche, como aire. Le ha costado bastante esfuerzo y mucha paciencia conservar su buhardilla y ahora que el propietario ha formalizado el contrato y llevado a cabo la reforma prometida hace años, sabe que su sitio está aquí. Su pequeño refugio en el 18eme.
La encargada que sonríe cómplice, le confirma que será entregado en la tarde del viernes, a partir de las 19.00 hrs. Le pide que confirme la dirección de entrega:
-63, Rue Caulaincourt, 6º etage.- Contesta Laura, un tanto curiosa por la sonrisa de la señora que parece esconder un misterio obvio, del cual ella es incapaz de percatarse. De pronto, y con aire de confidencialidad y cercanía, le pregunta si es española. Laura asiente, y la rubia señora parece sonreír aún más. Finalmente le confiesa que tienen un chico nuevo trabajando, que es español, como ella.
-Él será quien suba los seis pisos de escaleras con el sofá a cuestas.-dice coqueta la encargada mientras se toca el pelo.
Las dos ríen con culpabilidad, se despiden y Laura sale de la tienda enérgica, deseando que pase la semana.
El siguiente viernes llega pronto del trabajo. Quiere darse una ducha antes de que lleguen a entregar el sofá. Suena el timbre. Cuando abre la puerta del apartamento se queda paralizada. No da crédito. Esto no está pasando. Al lado del sofá, en el rellano, con gesto de esfuerzo y cara sonrojada, está él. Laura reconoce su cara, hace años que no se han vuelto a ver, pero jamás olvidaría su gesto, sus ojos. Miles de recuerdos se amontonan en su memoria, las veces que le extrañó, las veces que deseó volver a verle...y ahora está en la puerta de su apartamento de París con una mano apoyada en su sofá a medida. No es capaz de articular palabra. Tiene la impresión de haberse colado de nuevo en el sueño de hace una semana. Es él, es él!
-Eres tú! Qué haces aquí?
-He venido a por ti.
-Pero....cómo puede ser? Pero...cómo has llegado hasta aquí?
Se acerca a Laura y le toma las manos. Las agarra fuerte. Ella se siente flotar, no hay resistencia, ni voluntad, ni tiempo, ni realidad. Se aproximan. Se miran a los ojos sin tregua, como el que trata de descifrar la solución a un enigma sin respuesta aparente.
-Llevo tiempo buscándote, Laura. Hay muchas cosas que quiero decirte.
Como en los pasos de un baile, sus manos se sueltan para alcanzarse, se abrazan, fuerte, todo da vueltas, sus latidos parecen sobresalir por encima de la ropa. En la cocina suena grave el microondas que gira. Comienzan a explotar las palomitas que ella preparó para este encuentro, sin saberlo, sobre las azoteas de París.

martes, 14 de junio de 2011

10 place dauphine

mi vida en paris ephemera_gabriel


ilustración a cargo de Ángela Carrasco
texto a cargo de alles lüge
vida creada para Gabriel Martín Pérez

Anoche robé un George Duncan del siglo XIV y coloqué en su lugar la portada de un periódico. Nadie se dio cuenta hasta las 19: 53 de la noche, minutos antes de cerrar. Uno del equipo de seguridad del centro Pompidou se percató de que aquella portada de Le Figaro era de hacía una semana. Conclusión: las noticias caducan, la belleza no.
O algo así dijo Alain.
(Alain no habla: Alain solo escupe aforismos y epitafios de su boca)
Esas son frases contraproducentes para mi actual estado hormonal, le respondí yo. Me empujó hasta la cama como toda respuesta. No me resistí pero la cama crujió como si tuviera huesos y reuma y doscientas enfermedades terminales a la vez. Obviamente, terminamos en el suelo. Al entarimado no le importó demasiado pero algún vecino llamó a la policía la cual, por supuesto, no acudió.
Pero no adelantemos acontecimientos y dejemos al parquet en su sitio.
Vivo en el número 10 de la Place Dauphine y a veces pierdo las llaves de mi portal. Vivo con una francesa sorda, un pakistaní ciego y un turco sodomita, pero siempre saco la basura a deshoras. Algún día me multarán y por eso a veces robo cuadros. Cuadros valiosos. Óleos prestigiosos. Pinturas cuadradas. Moriría en la cárcel si algún día me atrapasen pero lo que más me aterroriza de todo es que la policía me sorprenda alguna mañana sacando la basura a tomar el sol.
Solo Alain lo entiende y por eso le amo.
Me sigue desde que compartimos mesa accidentalmente en el Mishima Bar. Allí todos los menús tienen nombre de suicidas japoneses. Aquella noche de Abril ambos pedimos a Kawabata y el camarero nos respondió que nos pusiésemos de acuerdo, que solo quedaba Kawabata para uno. Decidimos unir nuestras mesas y compartir los platos y hasta los palillos. Desde entonces vive pegado a mi espalda y me recita de memoria pasajes de “La casa de las bellas durmientes” todas las noches, como si así pudiera retenerme. Otra forma que tiene de amarme es conocer a muchos coleccionistas, a los cuales coloca los cuadros que robo. Las ganancias las dividimos al 50 %, pero él siempre se gasta su parte en inversiones fraudulentas y organizaciones internacionales. A veces dona su dinero a UNICEF, pero solo si se acercan las fechas navideñas. La mayor parte del tiempo se lo gasta en alcohol, gabardinas grises y coches caros. Es un bon vivant, un enfant terrible, un gilipollas a full time. Por eso lo quiero, aunque todavía viva con su madre, aunque solo sepa de su vida que en algún tiempo pasado fue paracaidista y poeta. Le gustaba caer y fracasar al mismo tiempo, decía. Caíste sobre mí, suelo responderle. Ahora no me puedo levantar, suele decir con una sonrisa. Normalmente después me empuja hasta la cama y ésta rechina y alguien llama a la policía a altas horas de la madrugada.