miércoles, 14 de diciembre de 2011

Montmartre es nuestro

postcard

ilustración a cargo de Vero Navarro
texto a cargo de Noelia Aparicio
vida creada para Esther

 
Tu pelo huele a flores, le susurro a la oreja, tan bajito que el viento se lleva la frase con él. Martín  sonríe,  y me besa. Despacio, como sólo él sabe hacerlo, jugando con mis labios y con mi lengua, con la tranquilidad que da saber que ese beso va a durar eternamente.
Su pelo huele a flores y es invierno en Montmatre. Noviembre en París. El frío  y la lluvia se cala en los huesos, y hasta en el alma, si no te andas con cuidado. La abuela siempre me lo decía, hay que estar alerta, no dejar que te llegue al corazón. Pero a mí sólo me llega su aliento. Y su pelo despeinado, su barba de tres días, su cuerpo largo y desgarbado, cubierto por un abrigo gris de paño que me hace soñar con películas de Godard, con cigarrillos interminables en la comisura de unos labios carnosos que no son los suyos, sino los míos.
Tu pelo huele a flores, repite para sí mismo, a la vez que me rodea con ese brazo que tantas veces me ha servido de refugio. De hogar. Y se ríe, con esa risa sana y sencilla que sólo los inocentes pueden exhibir.
Su pelo huele a flores, y el mío se enreda en un viento irreverente, confundiéndose con las hojas que juegan a perderse por la ciudad que nunca parece dormir, aunque tampoco despertar. Me coge de la mano y paseamos.
-         Quiéreme.
-         Ya te quiero.
-         ¡¡Más!!
-         Siempre más.
Tu pelo huele a flores, insisto, sabiendo cuál será mi recompensa. Me mira a los ojos y yo siento que se me doblan las piernas, que mi peso se multiplica y que, pese a todo, puedo volar. Martín me da la mano derecha, mientras con la izquierda juguetea con mi melena, larguísima y morena, como a ti te gusta, limpísima, y libre. Y es entonces cuando me doy cuenta. El bebé se llamará Manuel.
Su pelo huele a flores. Y el de Manuel a tierra mojada. El tuyo olía a vida.

martes, 6 de diciembre de 2011

6 place Saint-Germain-des-Prés

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fotografías a cargo de Karina Beltrán
texto a cargo de Dara Scully
vida creada para Olalla Pérez


Alguien habla de la carne, del café caliente al otro lado de la calle, del rugido ensordecedor de una ciudad muda. Alguien habla de todo eso, de lo que falta por decir y de lo que ha dicho de más a lo largo de su vida. Y, sin embargo, ese silencio. Prieto bajo la falda, sobre las costuras de la tela, rozando levemente su piel como una caricia. Ese silencio, el del libro entre las manos. Blando y amable, como suelen ser los silencios que enternecen las entrañas.

Lee en el Café de Flore. Se bebe con los ojos cada letra, las pupilas abiertas, la respiración a medio cocinar. Lee en ese París pasado por agua, brillante de ganas, tenue bajo la luz de un sol que se resiste a salir. En medio del murmullo, de todo lo que tanto le gusta algunas veces, cuando sus ojos buscan los de otros y colisionan para después perderse entre la bruma.
Así lee la muchacha, a destiempo, atenta a todo cuanto sucede a su alrededor y, sin embargo, con el café frío sobre la mesa. ¿Y qué lee? Nos preguntamos. ¿Qué lee con sus anteojos, con el cabello remetido detrás de las orejas, con la nariz olfateando y los dedos, esos dedos, sus dedos largos de pianista, prensando el papel hasta dejar huella? Supongo que la vida de otro. La vida de otro en París, la de más allá, la del hombre del vino y la de las campanas de la iglesia de Saint-Germain-des-Prés. La vida del que está por venir, del que traerá con él el verano y el amor, ese amor cálido que se intuye en el aire, que flota acariciando su nuca.

Esa vida lee la muchacha, sin saberlo, sin imaginarse que más pronto que tarde dejará el libro sobre la mesa para levantar los ojos y decir hola, qué tal, para tocar, con esos dedos suyos, lo que hasta hace solo un momento era tinta sobre el papel.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Rue du Départ 26


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texto a cargo de Federico Calabuig
collage a cargo de lady Crucigrama


Mi abuelo murió cuando yo era muy pequeña y tengo pocos recuerdos de él… de hecho, sólo uno: recuerdo su imagen, algo distorsionada, buscando en la librería del salón un ejemplar de la primera edición de Madame Bovary, la que tiene una cacofonía en la primera hoja y que, según dicen, causó el desmayo de Flaubert que había revisado el libro un centenar de veces antes de publicarlo. Esta pequeña anécdota ha significado mucho en mi vida, por eso he pensado que, mejor que con una cacofonía, tengo que empezar mi historia diciendo algo como…

Me llamo Emma Bovary. Sí, lo se… parece una broma. Pero no. Soy descendiente directa de la Madame Bovary que Flaubert conoció y sobre la que escribió. De ella he heredado los ojos marrones, el gusto por las novelas románticas, la afición al piano y la facilidad para enamorarme de señores con dinero. Hablo fluidamente francés, aunque yo sea inglesa. Mi tatarabuela Berthe, hija de Emma y Charles, tuvo que huir de Francia rumbo a Inglaterra cuando era joven porque los paparazzi de la época acampaban en la puerta de su casa, imagino que es el precio que tienes que pagar cuando tu madre es un reconocido personaje literario, ligera de cascos, llena de deudas y suicida. Desde pequeña he estado obsesionada con vivir en París y buscar el rastro de ese antepasado literario con el que comparto nombre, pero se me torcieron las cosas. Rondaba el año 1984 cuando pisé por primera vez la Gare D’Austerlitz. El calendario marcaba 20 de noviembre y el suelo de París era una alfombra de hojas secas. Hacía frío y me subí un poco el cuello de mi abrigo con hombreras, mientras observaba como en una tienda de electrodomésticos Madonna cantaba Like a virgin multiplicando su imagen en una veintena de televisores. Tras un pequeño viaje en metro llegué al número 26 de la rue Du Départ, mi nueva casa. La portera, una señora gruesa de vestido de flores y pelo blanco recogido en un moño, me recibió comunicándome una noticia que me pasó desapercibida en un primer momento pero que marcaría el resto de mi vida en París: en el piso en el que iba a instalarme vivieron, muchos años antes, los pintores Diego Rivera y Angelina Beloff. Las primeras semanas no ocurrió nada extraño. Disfrutaba de cada rincón, paseando, observando, respirando… y comiendo macarons de colores. Pero una mañana pasó algo inexplicable. Rebuscando una zapatilla traviesa que se había escondido debajo de la cama noté algo extraño. Miré y allí estaba ella, con sus flores en la cabeza, su entrecejo y su traje típicamente mejicano… era la mismísima Frida Kahlo. ¿Qué hacía su espíritu en la casa que compartieron Diego Rivera y Angelina Beloff, su primera mujer? La miré. Ella me miró. Grité. Ella Gritó… y cuando las dos nos calmamos me dijo: “siempre quise volver a París”. A lo que yo contesté: “Siempre quise conocerte, pero podías haber llamado al timbre”. Desde entonces Frida aparecía y desaparecía por toda la casa cuando le venía en gana: al salir de la ducha, mientras cocinaba, interrumpiendo mis lecturas, junto a mi cama un día cualquiera a las 4 de la mañana, tendiendo la ropa, el día de mi cumpleaños para felicitarme... y así, semana tras semana, nos hacíamos compañía mutuamente. Nos hicimos íntimas, tal vez por eso me contaba secretos de su relación con Diego Rivera, al que añoraba en el más allá. Le gustaba especialmente que yo organizara fiestas de disfraces porque podía aparecer libremente sin que nadie se sorprendiera y compartir horas de tertulia con mis amigos. Uno de esos días, mientras me dibujaba un retrato, dijo: “presiento, mi querida inglesita, que dentro de poco tu vida va a dar un vuelco… va a llegar tu propio Diego y te abandonaré para que puedas ser feliz”. No le hice mucho caso y nuestra relación siguió como si nada durante algunas semanas… ella continuaba asustándome sin querer cuando aparecía en los momentos más inesperados, pero se lo perdonaba todo, porque gracias a una antigua receta de su familia aprendí a cocinar el guacamole cada vez mejor. 

Una tarde tras uno de nuestros juegos, no fui capaz de encontrarla por ningún lado. Pasaron las horas, los días, las semanas… y yo echaba de menos poder hablar con ella. Lo curioso es que un buen día, un timbre lo cambió todo. Corrí a la puerta imaginando que sería ella, que por fin había descubierto la forma de presentarse ante mi como toca, pero no… era un chico alto, con aspecto desaliñado y barba de tres días, que me miraba a través de unas gafas de pasta y cuyos labios carnosos bailaban al decir: “Hola, soy tu nuevo vecino. Vivo en la puerta de enfrente. Me llamo Diego… sólo quería presentarme” Y por un momento, durante una milésima de segundo, pude ver por encima de su hombro que Frida me guiñaba un ojo antes de desaparecer para siempre.

martes, 1 de noviembre de 2011

Rue leon youhaux

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ilustración y texto a cargo de Sandra Martínez


Lucía el sol en cielo de aquella ciudad gris, mientras ambos cuerpos yacían bajo aquella buhardilla, y sus muslos y sus rostros acariciaban las sábanas.

Dos tazas de café para comenzar el día, y unas cuantas muecas de Marine al sorber aquel líquido caliente que encendía su cuerpo y le dejaba sin fuerzas, ahogándose de placer tendida sobre el parquet.
Él seguía entre las sábanas, rehusando levantarse, con los brazos sobre los ojos, mientras la carne se adhería ante aquel falso calor.
Porque había anoraks rojos por las calles y bufandas largas, pero el sol  era un mentiroso desde aquella habitación. Mientras tanto, allí dentro había remilgos sobre la mesa, croissants recién comprados y las pestañas entrelazadas, el amanecer había comenzado a nombrarlos.


Rue Leon Jouhaux, perpendicular de Quai de Valmy, y ella acariciando las verjas del edificio amarillo, de ventanas juntas y cortinas corridas.
Doce, catorce, dieciséis.
Viento entre las mangas de las cazadoras y el sol clavándose en sus espaldas.
Dieciséis, catorce, doce.
Cortinas corridas y ventanas juntas del edificio amarillo al que ya no le acariciaba las verjas, et accueil nouveau!


Pelaba Marine las remolachas a la espera del agua, del cazo, del vapor, mientras él quitaba el carrete, y les disminuía el estómago y se les agrandaba el corazón.
Cortaba el repollo y lo hervía a fuego lento , ella mujer de cabello recogido, torso firme y manos delicadas, cuyo retrato yacía sobre las manos de él,  sonriendo en la habitación contigua.
Sopa rusa sobre los cuencos y muchachos con hambre para vidas hambrientas.
Y distancia que descansaba sobre la mesa al terminar.
Mientras el silencio que trae el mediodía sonaba, como lo hacían las caricias entre sus cuerpos, desnudos sobre las sábanas.


Poca luz. Solo el color rojo asomando bajo la puerta, la diferencia entre la oscuridad total y la capacidad de revelarse está descrita en esta habitación que contiene a partes iguales silencios ciegos y amor. Magia y carretes apilados. Fotografías empapadas recién colgadas. A secar.

-¿Y se seca el amor? – preguntó ella sumergiendo otro papel.
Ellos lo hacían y jugaban con él mientras mezclaban líquidos y revelaban la tristeza de cada rostro.


Ahora está reflejado el de Marine y la tristeza la puede.
Sorbe el café y está amargo, más, mucho más que bajo aquella buhardilla en París. Y hace muecas hasta que la tormenta llega, y caen las lágrimas de sus ojos ,inertes, pálidos, poniéndolo todo perdido.
Y a cada trago más amargo el café, y a cada año más triste…

Y es que el amor necesita de tiempos y de habitaciones oscuras para completar sus ritos.

viernes, 28 de octubre de 2011

Rue Rivoli

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ilustraciones a cargo de Paula Bonet 
texto a cargo de  José Alberto Arias Pereira
vida creada para Verónica Algaba 


Cae la noche en París

Un día puede cambiar tu vida. Una persona puede cambiar tu vida. Pero, ante todo, una ciudad puede cambiar tu vida. Llegué a París una noche de otoño tras cinco días de carretera ininterrumpida. Encontré al poco, gracias al amigo de una amiga, casa que compartir con dos griegos y una italiana escultora en la Rue Rivoli. El piso estaba lleno de cuerpos a medio modelar, de cuadros de desconocidos, cojines y pufs donde pasar las horas.
En cualquier caso, yo no había ido a París a convertirme en un cliché. Amaba el arte por encima de todas las cosas, y la fantasía de recorrer el Louvre como en una peli de Godard, de visitarlo a diario, al fin estaba a punto de hacerse realidad.
La primera vez que visité el museo fue bastante decepcionante. Todo era tan ordenado, tan metódico, tan ASÉPTICO que apenas percibí la magia del lugar. A pesar de todo, volví al día siguiente y me fui alejando del grupo poco a poco. Así, progresivamente comencé a idear un plan para cumplir mi sueño. Cuando cerró el museo al séptimo día de mi llegada, en lugar de irme como hacían el resto de los visitantes, esperé a que se produjera el cambio de guardia. Un señor corpulento, de nariz grande y espalda ancha, salió y saludó a un joven que fumaba indiferente en una de las puertas traseras. En cuanto se apretaron las manos, la diferencia entre ambos se hizo casi irrisoria.
Yo observé en silencio hasta que el joven entró. El grandullón de miró con desinterés y se alejó con su lento caminar. Entonces, procedí. Golpeé con los nudillos hasta que abrió el joven vigilante. Me fijé en el revólver que le asomaba junto al cinturón y en la placa con el nombre.
-¿Qué quieres? -preguntó en francés. 
-Hola, me llamo Verónica y voy a hacer que pases la mejor noche de tu vida si me haces un favor.
-Buenas noches -se limitó a decir, y cerró en mi cara.
-¡Pascal, Pascal! Si no me abres, jamás sabrás como podría haber sido esta noche y cuando seas viejo y estés echando de comer a los patos del parque te acordarás de mí, de las largas horas de aburrimiento y te maldecirás por no haber aceptado mi propuesta. Pero entonces será demasiado tarde y no podrás volver a este momento, y lo lamentarás para siempre.
Esperé unos segundos eternos a la espera de cualquier respuesta. Al fin, la puerta cedió unos centímetros.
-¿Qué favor? -preguntó.
-Déjame entrar. Te contaré una historia por cada cuadro, te cantaré canciones que nadie conoce, nos reiremos de la Gioconda y haremos un picnic en la sala Van Gogh. ¿Qué me dices? 
-Anda, pasa -dijo, y dejó escapar un profundo suspiro.

Nada más entrar, eché a correr por los pasillos mientras perdía de vista a Pascal, que me llamaba y preguntaba mi nombre con pánico en la voz. “¡Verónica!”, gritaba yo a todos los cuadros. Me detuve frente a la Gioconda, menuda, inocente, intrigante. 
-Querida, me llamo Verónica. Ha sido un placer dar contigo al fin. Sshh...el guarda no me quería dejar entrar. ¿Sabes qué? Creo que está celoso. Estos franceses... No te muevas, te voy a dibujar. 

Saqué un carboncillo y un cilindro de papel grueso y esbocé sus piernas. Le dibujé unas piernas a la Gioconda. “Por si algún día te cansas y prefieres huir”, le expliqué. Casi no me di cuenta de que Pascal nos observaba en silencio al otro lado de la galería. Sonreía. Entonces saqué una Polaroid y eché una foto de nosotros tres. Y fuimos a la sala Van Gogh, donde cenamos unos sandwiches vegetales y vino tinto, y brindamos por el pintor pelirrojo, que murió sin haber vendido ni uno de sus cuadros. Pascal y yo acordamos algo: le visitaría todos los lunes hasta contarle una historia por cuadro, cenaríamos juntos y beberíamos vino francés de la botella. Al despedirme, le di un beso en la mejilla y tiré de mí para llegar a la salida corriendo. Entonces, lo besé en los labios.

Salí de allí a las seis o siete de la mañana, no sé bien, y llegué andando a la calle Lepic. A unos metros me observaba un perro pequeño, gordo y gracioso. Le asomaba la lengua por el lado. Adopté al carlino y lo llamé Poulain. Ésa fue la primera gran noche de mi vida.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Rue Réaumur 15


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ilustración y texto a cargo de la niña de la botella
vida creada para Mae Li

Los fines de semana transcurren muy deprisa en la buhardilla de la Rue Réaumur 15. 72 horas no son nada cuando estás enamorado. Cécile espera a su amado Antoine observando como nieva a través de la ventana. Es 16 de diciembre y como cada semana Antoine aterriza en Charles de Gaulle para disfrutar de Cécile.Antoine es un tipo raro, un ejecutivo viajero que a pesar de no despegarse de su ipad y aparatos de última tecnología, fuma en pipa y viste al más clásico estilo francés. En sus ratos libres presume de ser domador de aves, su especialidad, los periquitos azules de ala ancha, vamos un tipo raro...
Cécile, periodista de una revista de moda en Montmartre,no es del todo feliz con él. La nostalgia se refleja en su mirada...no le gustan las relaciones a distancia. Él, aunque la adora, es infiel por naturaleza, es un galán francés al que no le gustan las obligaciones. Presume de ser libre al igual que sus aves.


Hoy ha amanecido gris, la nieve es espesa y el timbre en la buhardilla suena. No es Antoine, es Joséphine la portera del edificio haciendo entrega de los periquitos de Antoine. Cécile es alérgica a las plumas y es Joséphine, portera y tía de Antoine, la que se encarga de cuidar de los periquitos azules cada semana. Sophie, la hija de Joséphine y prima de Antoine, es veterinaria y vive en el ático de enfrente. Ella es la encargada de dar vitaminas a los pájaros cuando empiezan a caérseles las plumas.


La buhardilla es tranquila de lunes a jueves pero los fines de semana cobra vida. Los periquitos parlotean entre ellos sin cesar, Cécile invita a sus amigas a merendar macarons de chocolate fondant y frambuesa y a Antoine le gusta invitar a sus amigos músicos a la buhardilla.


Hoy Cécile se ha despertado optimista, el domingo le dará la noticia.

domingo, 9 de octubre de 2011

30 Boulevard Capucines

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ilustración a cargo de Alicia Varela
texto a cargo de Blanca Valdivielso
vida creada para Engra

Cuando llegué a vivir a Rue des Capucines lo hice por ver la Ópera. Por tener cerca a los fantasmas de los músicos que habían pasado por su escenario. Seguí tocando en jam sessions que acababan de madrugada en las que podía desembarazarme de mi tristeza intentando que el público se quedara con ella. El saxofón me ayudaba a vivir, a seguir en esa ciudad hostil en la que a veces se convierte París.Tenía trabajos que duraban poco pero que daban de comer. Me mude aquí tratando de escapar de él y, al poco tiempo, me empezaron a llegar cartas de amor anónimas. Algunos días acaban con la melancolía que me acompaña desde hace meses y otros me hacen llorar al sorprenderme escribiendo los nombres de todos aquellos hombres que me han acompañado en distintos momentos de mi vida y que nunca han llegado a conocerme tan bien como el escritor anónimo. Son cartas escritas a mano, tan extraño en nuestro mundo 2.0, y sus palabras tienen música. A veces las acompaño con mi saxofón.
MadameLaurent, mi vecina, me adoptó como a una hija. Cenábamos juntas varios días a la semana y me contaba cosas sobre su ex- marido. Le encantaba hablar de cómo habían decidido montar la tienda de lencería que había en el portal de al lado. Me regalaba conjuntos de ropa interior y me explicaba en que momentos debía llevarlos. Sin darme cuenta, un día estaba trabajando a su lado. 
Hoy ha venido un cliente a comprar un conjunto y me ha pedido consejo. Me ha dicho que cree que a la chica que le gusta le pega la seda y el encaje. Tiene que ser negro. Estaba escribiendo una partitura nueva para vomitar la tristeza que me produce recibir esas cartas cuando ha llegado él. Para no pensar en Madame Laurent, que me ha dejado su tienda como herencia. En el funeral de ayer. El hombre me cuenta que vive cerca, que toca la trompeta y sabe algo de saxofón. Mira mi partitura y me dice que piensa que los pensamientos que la dictan son tan negros como el conjunto de lencería que se lleva. 
Poco después cierro la tienda y cuando abro el buzón en vez de una carta encuentro muy arrugado el conjunto de lencería que yo le he recomendado.