jueves, 15 de septiembre de 2011

Saint-Germain des-pres 6

Vie  a Paris copia

ilustración a cargo de Silvia Gil
texto a cargo de Danilo T. Brown
vida creada para Ángela Pérez
 
je ne veux pas travailler

Hay que arreglarse hasta para estar en casa, ponerse una camisa y una falda, mirarse al espejo y decir parezco alguien, estoy preparada para encender la luz, abrir los ojos, preparar el café de cada día. Dime una ciudad que nadie pueda odiar, dime una ciudad para perderse, no sé, un vaso de metal y una toallita. Estoy descalza, ando por el parquet para ir a la cocina y cuando quiero darme cuenta la planta de mis pies es negra. Tengo tres libros pendientes de leer en el brazo del sofá, ninguno es de Rimbaud. Ya no logro expresarme mejor que el mendigo, ya no sé hablar.

El cielo es gris, mis ojos quieren que sea gris y las ramas de los ficus del Boulevard Saint Germain se mueven con el aire. Desde el sofá oigo la música del café Deux Magots, la música es azul y huele a pan y a flan de huevo, je ne veux pas travailler, je ne veux pas déjeuner. Todos duermen en casa.

Esto es París, el estado puro de no hacer nada, de ser una, de estar aquí, de tener los pies sobre la mesa y la manta marrón en las rodillas. Bebo café. Bebo licores fuertes como metal hirviente. Tengo que levantarme, debo tomarme las pastillas para inhibir la recaptación de la serotonina. Es un viaje alucinante, mis moléculas se alteran, la piel se irrita, utilizo aceite de crisálida para que todo vuelva a su estado saludable, me arrojo a las patas de los caballos.

Apenas recuerdo lo que pasó anoche. Se parecía un poco a Lautrec, decía que quería pintarme, desde el mismo desierto hasta la misma noche, Toulouse Lautrec, pero los dos estábamos como una cuba. Tampoco pienso mucho en ello. Si ahora lloviera, París sería redonda y giraría sobre su propio eje alrededor del sol. Pero no llueve. Hemos ingerido un enorme trago de veneno, venimos de la muerte y la conocemos bien.

martes, 6 de septiembre de 2011

Rue de la Bûcherie 8


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fotografías a cargo de Sergio Aritméndiz
texto a cargo de Anna Liebheart
vida creada para Federico Calabuig


Me despierto en una plaza con la sensación de que ayer me fui pronto a la cama, hacía frío y la calefacción había dejado de funcionar. Recuerdo cuatro mantas sobre mi cuerpo, una taza de té y un libro de un escritor francés  con demasiadas consonantes, fui incapaz de leer ni una palabra. Recuerdo el silencio y el color naranja guiándome en sueños, recuerdo a una chica, una desconocida y una voz, su voz estableciendo huecos en la madera de los bosques. Mis recuerdos parecen el hilo musical de otro, alguien un poco más alto que yo y tal vez más viejo, sus canciones hablaban de lagos en regiones donde el hielo es una sana costumbre para los patinadores y la gente decora sus casas con pequeñas ramitas que recogen del bosque. En sus canciones había peces que solo regresan en primavera, peces naranjas, como su gabardina.

 Abro un poco más los ojos, me incorporo y siento que en París la gente no se percata de mi presencia, como si haberme quedado dormido aquí y no saber como ha sucedido, fuera algo a lo que esta gente está más que acostumbrada.  Me gusta esto de no estar del todo aquí, tal vez siga durmiendo  en mi habitación de la Rue bûcherie , mientras en sueños disfruto de un comienzo nuevo. Camino pegado a los pliegues rocosos de las estatuas, me siento en bancos donde da el sol y caen las hojas y noto que el hambre comienza a hacerse notar y automáticamente pienso en cines a las cuatro de la tarde, poca gente, sillones antiguos, olor a humedad y palomitas. Entro en el primero que encuentro, como nadie parecer verme me sirvo yo solo y me dirijo a mi asiento, el que yo elijo, porque en los sueños todo es gratis e increíblemente fácil, por lo menos en los míos.  La película comienza con el plano de un edificio de seis plantas, la cámara se adentra en el portal, sube en el ascensor, uno de esos antiguos que hacen ruido y tiemblan demasiado. Se detiene en el cuarto y abre la puerta situada a la derecha. Al entrar en el piso, todo está oscuro, las persianas están bajadas y la única luz proviene de una antigua lámpara de flecos rojos que parece robada a un anticuario con mal gusto. Sonrío porque ese entorno me resulta conocido, casi sé lo siguiente que va a aparecer: los cuencos con restos de sopa sobre la mesa baja, la ropa hecha un ovillo, una vieja revista de cine de los 50 encima del televisor…se parece tanto a un lugar en el que yo he estado. La cámara nos hace entrar en la habitación del fondo del pasillo, el balcón está abierto, no hay nadie. En la mesilla una taza de té, un libro de un escritor francés y 5 polaroids de una mujer vestida con una gabardina naranja. La mujer cada vez más cerca, más dentro de plano, hasta que su cuerpo lo llena todo, es entonces cuando alguien de la fila de atrás me llama. Me da miedo volverme, descubrir algo que ya he visto antes, que no recuerdo y me da vértigo , aun así no lo dudo: me arriesgo. Justo detrás de mí hay una mujer que susurra algo, al acercarme a ella me doy cuenta de que está cantando y entonces yo la tapo la boca suavemente y termino la letra de esa canción que sin duda habla de nosotros.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Rue Lepic . Día de lluvia




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diseño creado por María de Miguel (Emes)
texto a cargo de Susanna Issern
vida creada para Lidia Buitrago

 
Hoy diluvia en París. Y no sé si es que alguna gota de lluvia se estará bañando en mi café pero, por algún motivo, no tiene el sabor de todos los días. Además, ayer anunciaba la météo que esta tormenta de agua vendría cargada con arena del Sahara. Me emociona pensar que en mi humeante taza pueda haberse diluido una pizca de desierto. Incluso mi vanidad, como profesional de la moda, me lleva a creer percibir un cambio sutil en el tono del café, que tira algo más a ocre, exactamente una gota más.
Hace ya unos meses que me mudé a rue Lepic. Encontré un ático lo bastante espacioso como para instalar allí mi propio atelier y lo bastante económico como para podérmelo permitir. El edificio es antiguo, pero cuco. Y tan alto que, mientras diseño y dibujo, coso y descoso, veo a los gatos hacer equilibrios sobre los tejados parisinos y a las palomas glotonas alzar el vuelo desde Montmartre.
Muchas tardes cierro pronto el taller y salgo a dar un paseo en bicicleta. Pedalear junto al Sena, explorar la ciudad y callejear por barrios desconocidos; es mi debilidad. En los lugares más insospechados descubro, escondidas, pequeñas tiendas de moda. Me detengo y las observo ensimismada mientras sueño despierta que mis diseños lucen en sus escaparates: “algún día”, me digo, “algún día”.
A última hora, con o sin paseo en bici, me siento en una terraza cerca de casa y me tomo un café au lait. Miro a la gente pasar. Me gusta observar sus ropas y complementos e intento adivinar, a través de ellos, su personalidad, su profesión y sus aficiones. Hoy priman las bottes de gomme, las gabardinas y los paraguas, moteados por gentileza del polvo en lluvia sahariano.
Casi todos los días a la misma hora pasa por aquí un chico muy interesante. No se puede decir que sea guapo, pero tiene algo especial. Hasta tal punto que, de alguna forma, se ha convertido en mi maniquí particular imaginario. De hecho, la nueva colección masculina para este otoño-invierno la he diseñado pensando en él. Me divierto vistiéndole y desvistiéndole. Probándole conjuntos y distintas combinaciones de colores, zapatos, cinturones de leopardo, sombreros, gorros y bufandas. Si supiera que tengo un armario sólo para él…
Volviendo a mi café medio vacío, me pregunto si habré ingerido ya aquella partícula viajera. Y mientras discurro sobre algo tan poco trascendental como eso, le veo avanzar a lo lejos. Como siempre, me pongo nerviosa, me siento colorada. Me escondo detrás de una novela y le observo sin perderme el más mínimo detalle. A medida que se acerca percibo que algo a mi alrededor llama su atención. Cuánto más se aproxima más segura estoy de que es a mí a quién mira. El corazón se me va a salir del pecho, las hojas de mi libro han empezado a temblar y me ha entrado tal sofoco, que mi cuerpo se pondrá a arder en cualquier momento.
Con semblante tranquilo, ajeno a mis sensaciones, ha llegado hasta mí y se ha parado a la altura de mi mesa. Me ha mirado fijamente unos segundos, durante los cuales no he sido capaz de reaccionar, y finalmente ha exclamado: “Excusez-moi, mademoiselle, una curiosidad: hoy sus ojos tiran algo más a ocre, exactamente una gota más.”


domingo, 28 de agosto de 2011

rue Clovis


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ilustraciones a cargo de Ainat Drawings
texto a cargo de Alles Lüge
vida creada para Francisco Martín



Palíndromos y epigramas es mi desayuno para no caer de nuevo en la cama de mi apoplejía. ¿Qué hora es?

El insignificante simbolismo de mi despertar pronto es sustituido por juegos infantiles en la sala de estar, rebautizado como sala de SER. Soy un filosófo, el mayor de los, soy lo que Sartre nunca se atrevió a ver con su ojo derecho: una batidora cartesiana que reducirá todo el saber anterior a una especia de sustancia amarilla y pegajosa: aquí dicen que esto ya existía, y que lo llaman mayonaisse, pero YO nunca hago caso a las otras voces.

Pero… ¿por cuánto tiempo más? Me debato en la agonía de la ducha diaria. ¡No tengo agua! Necesito un equipo de superpensadores para dar un golpe de estado MORAL a la desidia NO- corporativa. Nada que yo no pueda hacer, tan solo que la sobreexposición mediática quema mi sensible PIEL.

Soy demasiado guapo. Me arrebato y me imploro. Necesito ser invisible, mover los hilos hasta que encuentren las costuras exactas. El espejo hará lo contrario: negarme. Para él no existo. Estamos en paz. Miro a otro lado, pero el otro lado me mira a los ojos, y soy tímido, además de genial a deshoras.

Mi portero Gerard es gordo y le gustan las manchas en sus camisas abiertas, pero creo que servirá para mis propósitos: él será el encargado de la FACCIÓN SOCIAL de mi proyecto. Venderá salchichones envenenados a los políticos. Sí, mi PLAN MAESTRO está cargado de grasas y redime estructuras primitivas. Nada mejor que un salchichón para encabezar nuestra nueva revolución. Por la boca muerde el pez, dijo Ramsés II antes de comerse un aceituna escabechada.

Nadja es la chica que friega mi descansillo los domingos. Creo que la reclutaré para repartir PROPAGANDA. Ella es inmigrante pero sus ideas son nacionalistas a tope. Cree en el detergente como coartada espiritual. Hay que lavar todas esas almas de rodillas, hasta que sangren, como enseñan en las escuelas tercermundistas.

Vivo en la Rue Clovis 5º arrondisement, cerca del Pantheon, y no por razones RANDOM (arbitrarias siempre me sonó a silbato). Como en una especie de simbiosis post-avant garde, dejo que todos esos intelectuales y pensadores enterrados en tal sacro ANTRO penetren en mi subsconciente y salgan por los sitios menos favorecederos de mi anatomía. A media tarde. Soy puntual como un reloj parado. Pero otros eran mis circunloquios. Nunca fui menos elíptico.

VOY A EMPAPELAR EL PANTHEON ENTERO CON CARTELES DE DJ NAUSEA.

(Se dedica a remezclar temas de 50´s easy listening tailandés con música triphop, tan noventas)

Después empapelaré mi propio cuerpo en plena calle, y le prenderé fuego a lo GONZO*.

Otro mundo surgirá de esta acción. Intervendré en el devenir internacional. La gente dejará de comprar coches y casas, y procederá a inundar las BIBLIOTECAS, ávidos de saber estar, como si fuera el arca de Noé y el diluvio se precipitara desde las pantallas de nuestros ordenadores MAC.

Pero antes de todo esto me tomaré una absenta y me fumaré un GALOUISE, a ver si me olvido de todo mi tractatus ideológico y limpio de una vez mi cuarto de baño.



* A lo GONZO, sí, no a lo BONZO: A LO GONZO.

jueves, 18 de agosto de 2011

Nuevos Proyectos


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Los meses pasan y no dejan de sucederse pequeñas alegrías, es por eso que  he decidido hacer una pausa y compartir con todos los que seguís y apoyáis este proyecto una estupenda noticia. Desde hace muy poco Postcards from Paris y Anormalmag  han estrechado lazos y han decidido que parten de un principio común: el de descubrir a creadores de diferentes áreas , gente con propuestas realmente sorprendentes y en los que uno debería detenerse. Eso sí, avisamos que en ocasiones uno no quiere volver a la realidad sino es de la mano de alguno de ellos. Y es que cansados de más de lo mismo, Anormalmag nos ofrece desde Chile una red de infinitas posibilidades y eso señores es una deliciosa golosina que no podemos rechazar. Sus reseñas y entrevistas se alejan de todo lo que hayamos conocido antes, apostando por lo cercano, lo que nos brindan la posibilidad de sumergirnos en una sucesión de mundos y creadores que no dejarán indiferente a nadie. Temas como la moda, el diseño, la fotografía o la ilustración conforman sus platos fuertes. Para redondear destaco el cuidado diseño de su página, un síntoma más de que estamos ante verdaderos amantes del trabajo bien hecho.

En lo que atiene a Postcards, muchos de vosotros podréis disfrutar de entrevistas y reseñas donde descubrir a muchos de nuestros creadores, así que seguídnos la pista, porque prometemos dejar huella en todos y cada uno de vosotros.

miércoles, 10 de agosto de 2011

159 rue de Grenelle



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 (clic en la imagen para ampliar)

ilustración a cargo de Ana Bustelo
texto a cargo de Dara Scully
vida creada para Alejandra Recchia

Se le atasca el zumo en la garganta y tose una sonrisa breve que termina por rellenar toda su boca. Yo la miro y sonrío también, contagiado de su gana, de la luz que se come las flores de las paredes a bocados mientras el cielo se despeja.
-Ha dejado de llover - dice.
Tiene un cuadro a medias sobre el caballete. Grenelle extiende su cuerpo lánguido por la tela, perezosa como nosotros dos en esta mañana de verano. Sin embargo, ella, con la sonrisa todavía en la cara, parece despertar mientras acerca sus caderas hasta la cama.
-¿A qué huele París tras la tormenta? - le pregunto.
Alejandra se encoje de hombros y piensa en el pueblo pequeño de donde proviene, en la fruta madura que, a veces, preña los árboles del jardín de atrás. Supone que es un olor distinto, pero no acierta a distinguir qué lo hace diferente. Las pinturas siguen allí, y ella vestida de domingo, con la falda por encima de la rodilla y sus sandalias bajas. Entonces me mira, clava sus ojos grandes en mi sombrero de paja, y encuentra las palabras que le faltan.
-Al café de La Folle Avoine - concluye.
Lo dice con la boca pequeña mientras se le sube el color a las mejillas. Como la primera vez, o casi, que ese mismo café estuvo entre nosotros. Cuando aún no nos conocíamos y nuestras vidas eran más grises en aquella ciudad grande y extraña para ambos. Ese café que a ella le amargaba y que, sin embargo le olía a su casa y a todo lo que conocía, y que la atrajo a mí una tarde de diciembre en la que París amenazaba con llover sobre los sueños que aún nos quedaban en la cabeza.

domingo, 7 de agosto de 2011

Mon histoire


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ilustración a cargo de Mónica Solsona
texto a cargo de Julia Jiménez
Vida creada para María Peñalver

La mañana que decidí venir a París no hubo ninguna señal del cielo, ni tampoco es que quisiera huir de ese rumor de pena constante que me dejó la muerte de mi madre (como el eco de una caracola aleteando contra el corazón). Mi vida era cómoda en una ciudad cómoda con un cómodo trabajo. Las cosas parecían haberme venido rodadas y yo me monté en esa rueda en la que elegía poco más que el traje que ponerme. Pero me bajé del tiovivo de feria abandonada. Me puse guirnaldas en el pelo y me dejé seducir por el eco de la música de una vieja gramola que llevaba una bella mujer (lo bastante alta como para poder ser una diosa de las antiguas leyendas indias) en la cabeza. Los primeros días o quizás fueran años, siempre cerca de la brasserie de l’Île (hay lugares que son un estado de ánimo), dibujaba las puestas de sol que se me caían del corazón. Las pintaba en las uñas de los transeúntes que querían extenderme su mano y siempre había alguien que me dejaba un franco o la historia de su vida o un croissant. Pierre me dejó las tres cosas y añadió las llaves de su casa. Los días de lluvia la casa de Pierre cruje como una vieja rodilla oxidada y crecen amapolas azules en los tiestos de la galería. Esos días el cielo de París es gris y yo hago cojines de ganchillo de muchos colores como los hacía mi abuela. Todavía Pierre me mira y se descoloca y necesita enmarañarme el pelo con sus manos grandes y ásperas para creerme. Marie, me dice. Y yo entiendo que podría haber sido en cualquier lugar. Pero fue en París.